Lo escribimos hace cuatro días, medio en broma medio en serio: si España ganaba a Inglaterra por la mínima y tocaba defender el liderato a goles en Islandia, que fueran preparándose en Reikiavik, porque el martes esta selección es capaz de hacer que se derritan los glaciares. No hizo falta defender una renta a golpe de calculadora —el 4-0 a Inglaterra ya había dejado el desempate en el bolsillo—, pero los glaciares se derritieron igual. Seis a uno. Por si quedaba alguna duda de a quién se le estaba contando aquella calculadora.
Porque esa es la historia que de verdad cierra esta semana. Durante días se repitió en bucle una cuenta —“España necesita ganar por dos goles”— como si fuera una amenaza. Una media verdad que, a fuerza de repetirse, acabó pareciendo una preocupación legítima. La respuesta de la selección a esa preocupación fueron diez goles en cuatro días y cero dudas: cuatro a Inglaterra, seis a Islandia. Cuando a este equipo le piden goles, los pone. La obligación ofensiva nunca fue una condena; era, como sospechábamos, una invitación.
El partido se rompió antes de cumplirse el minuto cinco. Pared de Vicky López con Alexia Putellas, entrada desde la derecha y definición con la zurda: primer remate, primer gol. A partir de ahí, un monólogo. España firmó una primera parte de dominio abrumador, con el partido jugándose casi por completo alrededor del área islandesa. Ona Batlle, descomunal por la banda, repartió dos asistencias: la del 0-2 de Edna Imade y la del 0-3 de Salma Paralluelo. Al descanso, el billete a Brasil ya estaba sellado y la única pregunta era el tamaño de la goleada.
Sonia Bermúdez la respondió desde el banquillo. Al descanso entraron Aitana Bonmatí y Claudia Pina, y las dos marcaron. Pina, un golpeo cruzado al palo y dentro de los que no necesitan contexto. Aitana, una zurda seca desde fuera del área para cerrar la cuenta en su regreso. Vicky López, mientras tanto, completó su doblete con un disparo lejano servido por Patri Guijarro. Que Aitana entre a rematar una faena ya hecha y que Pina aguarde también su turno en el banquillo dice más del proyecto que cualquier marcador.
Y ahí está, quizá, el dato que de verdad importa. España se ha clasificado para su cuarto Mundial consecutivo con Vicky López (19 años), Edna Imade y Lucía Corrales de titulares, con Esther González fuera de la convocatoria definitiva, y con Aitana y Pina esperando su turno en el banquillo. El relevo generacional de la campeona del mundo no se está produciendo en una travesía del desierto ni en un amistoso intrascendente: se está produciendo ganando 1-6 fuera de casa, en un campo donde España no había vencido jamás. Porque sí —pequeño apunte para la historia—: hasta esta noche, La Roja nunca había ganado en suelo islandés. Un 1-1 en 1998, una derrota por 3-0 en 2002 y un 0-0 en 2017. Tres visitas, ningún triunfo. El cuarto intento se saldó con media docena.
El gol del honor islandés apenas alteró una velada que España gestionó con la naturalidad de quien hace tiempo dejó de pedir permiso. No hubo nervios, no hubo calculadora, no hubo el menor rastro de aquella preocupación que tanto se aireó en la previa. Hubo lo que lleva habiendo tres años: un equipo grande haciendo lo que hacen los equipos grandes.
España defenderá su corona el próximo verano en Brasil. Llega como lo que es —la mejor selección del mundo— y con una certeza añadida: el banquillo aprieta, la cantera empuja y nadie, dentro ni fuera, da por hecho su sitio. La preocupación, resulta, era infundada. Siempre lo fue.
Que vayan tomando nota en Brasil. Aquí no se hacen cuentas con miedo.
Puedes consultar nuestra previa del Islandia-España, analizar por qué la cuenta de “los dos goles” era una media verdad sobre la clasificación mundialista o repasar la gran noche de Vicky López ante Islandia.