Saltar al contenido
CANTERA

La liga que no estaba hecha para ellas

El alevín femenino del Real Betis ha ganado los 26 partidos de una competición masculina: 78 puntos de 78, 200 goles a favor y 34 en contra. Pero su temporada cuenta algo más importante que una colección de goleadas: qué pasa cuando a unas niñas no se les pide demostrar que pueden jugar, sino que se les deja competir.

Cuando terminó el partido que las proclamó campeonas, las jugadoras del alevín femenino del Real Betis echaron a correr.

No era una final europea ni había miles de personas en las gradas. Era el desenlace de una liga de fútbol base en Sevilla. Para ellas, sin embargo, la celebración tuvo exactamente ese tamaño. “Cuando pitó, salimos corriendo de emoción; lo celebrábamos como si hubiéramos ganado la final de la Champions”, recuerda una de las futbolistas.

Habían conquistado la 4.ª Andaluza Alevín, Grupo 7 (Sevilla), una competición formada por equipos masculinos. Y no lo habían hecho sobreviviendo hasta la última jornada ni aprovechando un tropiezo del rival: ganaron los 26 partidos que disputaron. Veintiséis victorias, ningún empate, ninguna derrota, 200 goles a favor y 34 en contra. Setenta y ocho puntos de setenta y ocho posibles.

Los números convierten la temporada en algo excepcional. Las voces de sus protagonistas permiten entender cómo se construyó.

Soñar antes de saber si era posible

El equipo comenzó la temporada sin conocer todavía su verdadero nivel. Era un grupo nuevo: las jugadoras no sabían cómo funcionarían juntas ni qué ritmo encontrarían frente a rivales masculinos. La competición podía convertirse en una experiencia formativa, en un desafío físico o en una temporada muy difícil.

Durante la pretemporada apareció la primera señal. Las béticas se enfrentaron a equipos de categorías superiores y comprobaron que podían competir con ellos. “Este año hemos estado en cuarta y jugábamos con otro equipo de tercera y le ganábamos, y pues decíamos: si podemos con esto, podemos con nuestra liga”, cuenta una de las jugadoras. Aquellos resultados no entregaban puntos, pero cambiaron la forma en la que el grupo empezó a mirarse.

Laura Martín, una de las entrenadoras del alevín junto a Ana Bejarano —con Alejandro Domínguez como preparador físico—, introdujo desde el principio una idea tan ambiciosa como delicada de manejar cuando se trabaja con niñas: podían soñar con ser campeonas, pero el sueño no podía sustituir al trabajo. “Vamos a soñar con ganar la liga”, les dijo el primer día. Y, a la vez: “Yo les hago ir soñando partido a partido y día a día”. Primero el sueño; después, el trabajo diario para merecerlo.

Ganar también exige aprender

Una temporada perfecta puede parecer sencilla cuando se contempla desde la clasificación final. No lo fue.

Las jugadoras recuerdan rivales competitivos, partidos exigentes y encuentros en los que la diferencia física se hizo visible. “Sobre todo físicamente es donde en algunos partidos se ha notado más esa diferencia”, reconocen. “Había equipos muy competitivos y nos ha costado bastante; hemos tenido que hacer un gran esfuerzo.” Ganar una liga masculina no consistió únicamente en tener más talento con el balón: también hubo que adaptarse al contacto, sostener el esfuerzo y encontrar soluciones cuando el partido no respondía al guion.

El propio equipo tuvo que corregirse sobre la marcha. “Estábamos un poco alborotadas queriendo gol, gol, y al final empezamos a tocar y ahí vinieron los goles”, describe una de las futbolistas. La escena explica la temporada mejor que los 200 goles de la estadística: el aprendizaje no estuvo solo en ganar, sino en comprender por qué ganaban.

Un vestuario sin suplentes emocionales

Cuando las jugadoras explican qué hizo especial al equipo, no empiezan por los goles ni por los resultados. Empiezan por el compañerismo. Se definen como una familia. “No nos tenemos ninguna envidia; somos una familia”, dicen. “Cuando una está triste o no le salen las cosas, la ayudamos.”

En el fútbol base, esa parte de la formación es tan importante como cualquier ejercicio técnico. Una liga perfecta no significa que todas jugaran siempre bien ni que ninguna pasara un mal momento. Significa que el grupo supo continuar cuando eso ocurrió. La unión del vestuario no es un adorno colocado después de las victorias: es una de las razones que las explican.

No necesitaban protección

La conclusión más inmediata ante una temporada así sería decir que las niñas también pueden ganar a los niños. Pero esa lectura se queda pequeña.

Estas jugadoras no necesitaban 26 partidos para demostrar que las niñas saben jugar al fútbol. Tampoco debería usarse un equipo excepcional para sostener que no existen diferencias físicas o que cualquier grupo femenino arrasaría una competición masculina. Lo que demuestra la temporada del Betis es algo más concreto y, por eso, más valioso: cuando recibieron entrenamiento, continuidad y una competición suficientemente exigente, las jugadoras respondieron. No necesitaron que se rebajara el nivel para protegerlas. Necesitaron un espacio en el que su nivel pudiera crecer.

Jugar contra equipos masculinos las obligó a competir en contextos distintos y a convivir con una dificultad física que apareció en algunos encuentros. El campeonato no borra esas diferencias. Demuestra que no siempre deben usarse de antemano para limitar las oportunidades. Antes de empezar, nadie podía garantizar que ganarían. Eso era exactamente lo importante: pudieron descubrirlo jugando.

No es la primera vez

Conviene decirlo para no inflar el relato: lo del Betis es extraordinario, pero no es un hecho sin precedentes. El alevín femenino del Levante ha ganado una liga masculina dos temporadas seguidas, y ya en 2018 el alevín del Madrid CFF se proclamó campeón de una competición de chicos con más de 150 goles a favor.

Lejos de restarle mérito al Betis, ese contexto lo agranda: no se trata de un milagro aislado que ocurre una vez y no vuelve, sino de una corriente que se repite cada vez en más sitios. “El fútbol femenino poco a poco va creciendo y hemos hecho historia, además siendo campeonas invictas”, resume una de las jugadoras. Lo segundo es suyo. Lo primero es de todas.

La clasificación no distingue

El alevín femenino del Betis terminó la temporada sin perder un solo punto. La clasificación no necesitó explicar que eran niñas. No añadió una bonificación por competir contra equipos masculinos ni rebajó el valor de sus derrotas, porque nunca llegaron a producirse. Solo registró lo que ocurrió sobre el campo: veintiséis partidos, veintiséis victorias.

Hay una frase, casi de pasada, que lo resume todo. La dice una de las niñas y debería enmarcarse en cada debate sobre si el fútbol femenino merece o no espacio propio: “Siempre he jugado con niños, y cuando he jugado con niñas hemos ganado todos los partidos contra los niños.” No salieron a dar una lección a nadie. Salieron a jugar, a mejorar y a ganar su liga. Lo consiguieron las veintiséis veces.


Datos y declaraciones del Real Betis (@RealBetisFem, 18 de junio de 2026): campeón de la 4.ª Andaluza Alevín, Grupo 7 (Sevilla), con 26 victorias en 26 partidos, 78 puntos, 200 goles a favor y 34 en contra. Precedentes del Levante UD (nota oficial del club) y del Madrid CFF (2018). Cuerpo técnico (Laura Martín, Ana Bejarano, Alejandro Domínguez) según la web oficial del club.

★ BOLETÍN SEMANAL

Lo mejor de FemGol, cada semana

Recibe una selección de las noticias, historias y protagonistas que merece la pena leer sobre fútbol femenino, cada semana directo a tu buzón.

Gratis · Boletín semanal · cancela cuando quieras
Al suscribirte aceptas la política de privacidad.

Sigue leyendo

Añade FemGol a tus fuentes preferidas en Google →
RF

Redacción · FemGol

Equipo Editorial

Cobertura colectiva de la actualidad de la Liga F, fichajes, ruedas de prensa e información del día a día del fútbol femenino.

contacto@femgol.com