Cuando una futbolista profesional decide dar el paso de ser madre durante su carrera activa, su decisión suele tratarse en la prensa deportiva como una gesta heroica o una historia de superación personal que desafía la biología del deporte de alto rendimiento. Las portadas ensalzan el regreso de las jugadoras a los terrenos de juego pocos meses después del parto. Sin embargo, bajo esa capa de épica mediática se oculta una realidad precaria: los convenios colectivos actuales del fútbol femenino profesional siguen careciendo de mecanismos específicos de conciliación real, convirtiendo la maternidad en un abismo de incertidumbre contractual.
La profesionalización de una liga no se mide únicamente en los salarios mínimos, sino en la capacidad de proteger los derechos fundamentales de las trabajadoras del juego.
La desprotección en los viajes y concentraciones
El verdadero reto para una futbolista madre comienza una vez se reincorpora a los entrenamientos. Las rutinas de un equipo profesional implican concentraciones de fin de semana, viajes en avión por toda la geografía española y desplazamientos a torneos internacionales que pueden durar semanas.
Actualmente, las jugadoras se encuentran con una total ausencia de protocolos sobre la lactancia o el cuidado de menores durante estas convocatorias oficiales:
- Falta de cobertura para cuidadores: Los reglamentos no contemplan que un familiar o cuidador pueda acompañar a la futbolista lactante con los gastos pagados por el club o la federación, algo que sí se empieza a hacer en otros deportes internacionales.
- Cuidado infantil en los estadios: Las instalaciones deportivas de entrenamiento y los vestuarios rara vez cuentan con espacios habilitados o personal especializado de guardería para bebés de meses.
Esta desestructuración obliga a las jugadoras a elegir entre dejar a sus bebés durante largos periodos de tiempo o asumir costes financieros prohibitivos de su propio bolsillo para financiar los viajes de cuidadores privados.
El miedo silencioso a la no renovación contractual
Aunque el convenio prohíbe el despido directo por causa de embarazo, existe un temor latente a la no renovación contractual a final de temporada. Muchas futbolistas firman contratos cortos de uno o dos años de duración. Cuando una jugadora anuncia su embarazo o solicita medidas de conciliación complejas, se enfrenta al riesgo de ver cómo su contrato simplemente expira sin ser renovado por el club bajo justificaciones puramente “deportivas” que son muy difíciles de rebatir ante la justicia laboral.
Legislar a favor de una conciliación real, regulando de forma detallada los periodos de viaje con bebés y garantizando la extensión automática de los contratos en caso de maternidad activa, es un paso ineludible si queremos que la Liga F sea una liga profesional a la altura del siglo XXI.
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