La noticia, por sí sola, ya era difícil de creer. En mayo, el club Fútbol Base Bonrepòs i Mirambell, de la comarca valenciana de l’Horta Nord, celebró el título liguero y el ascenso de su equipo juvenil con una cena en el polideportivo municipal El Barranc. A la celebración asistían jugadores —varios de ellos menores de edad—, padres y miembros del cuerpo técnico. Tras la cena, según informaron elDiario.es y À Punt, se incorporó un espectáculo erótico protagonizado por una stripper, en unas instalaciones públicas y con alcohol presente. Algunos padres, contrarios a lo que estaba ocurriendo, se marcharon del recinto en cuanto empezó el espectáculo.
Los medios no coinciden en la fecha exacta de la fiesta —unas crónicas la sitúan el 16 de mayo y otras el 22—, pero sí en lo esencial: hubo espectáculo erótico, hubo alcohol, hubo menores y ocurrió en instalaciones municipales.
Lo que vino después fue rápido. El Ayuntamiento calificó lo sucedido de «incompatible con el uso de instalaciones municipales y con los valores educativos y deportivos», y la alcaldesa, Raquel Ramiro, trasladó los hechos a la Fiscalía de Menores. La directiva del club negó haber autorizado la actuación, la tachó de «absolutamente incompatible con los valores que deben regir cualquier actividad con menores» y abrió una investigación interna, según recogió Telecinco. Días más tarde llegaron las dimisiones: el presidente y parte de la directiva abandonaron sus cargos, y el entrenador dejó de pertenecer al club, según confirmó À Punt. Una junta gestora dirige ahora la entidad, que deberá convocar elecciones. Si no aparecen candidatos, Bonrepòs i Mirambell podría quedarse sin fútbol base.
Hasta aquí, el suceso. Pero el suceso no es la historia.
Lo que ya estaba ahí
Cuando elDiario.es entró en el club a raíz del escándalo, encontró algo más antiguo que una fiesta: un malestar acumulado en los equipos femeninos de la entidad. Entrenadoras y jugadoras describieron al medio un clima de desprecio sostenido: que les dicen que «juegan mal», que «son todas lesbianas» y —la frase que ninguna redacción olvidará pronto— que «lo que necesitan es una buena polla». Denunciaron también la negación sistemática de recursos para los equipos femeninos.
Para esas entrenadoras y jugadoras, la stripper no fue un rayo en cielo despejado. Fue la gota que colmó un vaso que llevaba tiempo llenándose. Según el mismo medio, algunas familias han dejado de llevar a sus hijos a entrenar, y jugadores del propio juvenil afirmaron haber perdido la confianza en sus entrenadores.
Esa es la parte de la historia que nos concierne. Porque el espectáculo erótico duró una noche; el clima que lo hizo concebible llevaba años.
La lección incómoda
Es tentador leer este caso como una anécdota grotesca de un pueblo pequeño. Sería un error. El fútbol base español tiene miles de clubes como el de Bonrepòs i Mirambell: estructuras modestas, sostenidas por voluntarios, donde se forman a la vez futbolistas y personas. En la inmensa mayoría se hace un trabajo admirable. Precisamente por eso importa señalar qué falló aquí: no un contrato puntual con una stripper, sino una cultura en la que a alguien le pareció normal proponerlo, a otros ejecutarlo y a una parte del entorno tolerarlo — la misma cultura que, según las denuncias publicadas, llevaba años tratando a las niñas y mujeres del club como futbolistas de segunda.
Quien firma este artículo ha jugado al fútbol amateur y conoce el mecanismo desde dentro. Un día, después de un buen partido, alguien grita en el vestuario: «¡si ganamos la liga, nos vamos de…!». Todos ríen. Nadie lo frena. La broma se repite, se convierte en promesa, y la promesa, meses después, en alguien contratando un espectáculo para una cena con menores. En ningún punto de esa cadena hubo seguramente voluntad de hacer daño. Y ese es precisamente el problema: la ausencia de mala intención no es una eximente; es el diagnóstico. Las cosas más dañinas del deporte base rara vez las hacen villanos. Las hace gente normal que no se detuvo a pensar, porque nadie a su alrededor le enseñó a hacerlo.
La educación de esos chicos y chicas no ocurre solo en casa o en el colegio. Ocurre también en el entrenamiento del martes, en el tercer tiempo, en lo que los adultos celebran delante de ellos y en cómo lo celebran. Somos responsables todos los que los rodeamos, y es una responsabilidad que no admite espectadores: o se ejerce de forma activa, o se delega en la inercia. Adónde lleva la inercia, ya lo hemos visto.
La socióloga Beatriz Bonete lo resumió en Artículo 14 con una frase que duele: con celebraciones así, «los padres están enseñando que el cuerpo de las mujeres forma parte del ocio masculino». Los chavales de ese juvenil acababan de ganar una liga. La lección que recibieron esa noche no tenía nada que ver con el fútbol.
El tesoro del fútbol español está en su base: de ahí salieron las campeonas del mundo, y de ahí saldrán las próximas. Pero la base no forma solo con entrenamientos; forma con lo que los adultos hacen delante de los niños y de las niñas. Las pioneras de los años setenta jugaron contra una sociedad que les decía que el fútbol no era para ellas. Medio siglo después, que las jugadoras de un club de base tengan que escuchar lo que han denunciado las de Bonrepòs recuerda que esa batalla no terminó: cambió de campo.
La Fiscalía determinará las responsabilidades legales. Las otras —las del vestuario de al lado, las de los banquillos, las de las gradas— no se depuran en los tribunales. Se depuran no mirando hacia otro lado.
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