El barro no era una metáfora.

Aquel 8 de diciembre de 1970 había caído aguanieve sobre Madrid y el campo de la colonia Boetticher, en Villaverde, era poco más que una extensión de arena húmeda en un barrio obrero del extrarradio. La entrada costaba 25 pesetas. Sobre el terreno se enfrentaban el Sizam y el Mercacredit. En las gradas terminaron reuniéndose varios miles de personas.

El Sizam ganó 5-1. Los cinco goles los marcó una adolescente de 13 años llamada Concepción Sánchez Freire, a la que el diario Marca rebautizaría como Conchi Amancio por su parecido con el crack del Real Madrid: buen regate y mejor visión de juego. Al concluir el partido, mientras el público invadía el campo y las jugadoras salían escoltadas, dos guardias civiles pidieron al organizador del encuentro que los acompañase al cuartelillo.

La escena parece escrita para una película. Más de medio siglo después, una película ha decidido comenzar por ahí.

Pioneras. Solo querían jugar, dirigida por Marta Díaz de Lope Díaz (Mi querida cofradía, Los buenos modales) y coescrita junto a Zebina Guerra, llegará a los cines españoles el próximo 12 de junio de la mano de Filmax. El largometraje, una coproducción hispano-portuguesa de 106 minutos, obtuvo la Biznaga de Plata Premio del Público en el Festival de Málaga y, después, fue seleccionada en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), en México, antes de su estreno comercial.

No es un documental. Tampoco pretende reconstruir cada detalle con precisión notarial. Es una ficción inspirada en hechos reales que toma como punto de partida aquel partido de Villaverde y acompaña a un grupo de chicas muy jóvenes que querían jugar al fútbol en un país que todavía discutía si debían tener derecho a hacerlo.

Ese verbo —querer— importa más de lo que parece.

Un deseo demasiado sencillo para una época demasiado estrecha

El título de la película podría interpretarse como una forma de rebajar el conflicto. Ellas no aspiraban a convertirse en símbolos. No estaban redactando un manifiesto ni sabían todavía que alguien las llamaría pioneras. Solo querían jugar.

Pero precisamente ahí reside la dimensión política de la historia.

En la España de principios de los setenta, bajo una dictadura que seguía asignando a las mujeres un lugar subordinado dentro de la familia y de la sociedad, correr detrás de un balón podía convertirse en un gesto incómodo. El fútbol no era únicamente un deporte. Era uno de los espacios públicos donde la masculinidad se representaba a sí misma con mayor naturalidad. Entrar en él suponía invadir un territorio que muchos consideraban reservado.

Las protagonistas de esta historia eran chicas de barrios trabajadores. Algunas terminaban su jornada laboral y acudían después a entrenar en campos precarios, llenos de charcos y boquetes. Se exponían a las miradas, a los insultos y al juicio de quienes entendían que una mujer que jugaba al fútbol estaba haciendo algo impropio de su sexo.

No necesitaban considerarse revolucionarias para que su presencia resultase revolucionaria.

La historia no comenzó de la nada

Conviene introducir una precisión que la memoria popular suele borrar cuando necesita construir un relato sencillo: el fútbol femenino español no nació literalmente en Villaverde en 1970.

Existen precedentes documentados mucho anteriores. En junio de 1914, el Spanish Girl’s Club organizó en Barcelona un partido entre dos combinados llamados Montserrat y Giralda. Aquellas futbolistas también se enfrentaron a la incomprensión y al desprecio de una sociedad que consideraba el fútbol una actividad incompatible con la feminidad.

Lo ocurrido en el campo de Boetticher más de medio siglo después fue otra cosa: un gran acontecimiento multitudinario, capaz de reunir a miles de espectadores y de empujar una nueva etapa. El partido entre Sizam y Mercacredit no fue un episodio aislado. Fue uno de los momentos que permitieron articular equipos, llenar campos y construir una selección femenina todavía no reconocida por la federación.

El 21 de febrero de 1971, aquella selección disputó un encuentro frente a Portugal en La Condomina de Murcia, con Conchi Amancio como primera capitana. España tardaría hasta 1983 en reconocer oficialmente a su selección femenina.

Doce años entre jugar y existir sobre el papel.

Ese vacío también forma parte de la historia, y lo hemos recorrido entero en la historia del fútbol femenino en España.

El riesgo de contar una historia de mujeres desde la mirada de un hombre

La película utiliza como hilo conductor a Javier Poga, interpretado por Daniel Ibáñez: un promotor deportivo inspirado en Rafael Muga, figura esencial en la organización de aquel partido y en el impulso de los primeros equipos de la época. El reparto incluye también a Aixa Villagrán como Edelmira, una periodista deportiva que escribe bajo seudónimo masculino, y a Sofía de Iznájar y Bruna Lucadamo como Nati y Belén, dos de las jóvenes futbolistas situadas en el centro de la trama.

La relevancia histórica de Rafael Muga no necesita ser discutida. Sin su trabajo, probablemente muchos de aquellos partidos no habrían existido o habrían tardado más en celebrarse. Reconocer a los aliados no resta mérito a las protagonistas.

Pero la elección narrativa abre una pregunta legítima.

Las historias de mujeres han sido contadas demasiadas veces a través del hombre que supo verlas antes que los demás: el entrenador, el descubridor, el periodista, el promotor o el directivo que decidió concederles una oportunidad. El riesgo aparece cuando el relato termina celebrando más la lucidez del hombre que la voluntad de quienes tuvieron que enfrentarse a las consecuencias.

Pioneras tendrá que demostrar que Poga funciona como una puerta de entrada y no como el propietario de la historia.

Porque el gesto decisivo no fue organizar un partido de fútbol femenino. El gesto decisivo fue salir al campo.

Galería de fotogramas oficiales

De «marimacho» a grito de guerra

La campaña de la película ha incorporado una canción original compuesta e interpretada por Zahara: Marimacho. La elección no es ornamental.

Durante décadas, esa palabra ha servido para marcar a las mujeres que no obedecían los límites asignados a su género. Las niñas que preferían el balón a otros juegos aprendían muy pronto que la sanción no era solamente deportiva. Se cuestionaba su cuerpo, su feminidad, su sexualidad y, en último término, su derecho a ocupar determinados espacios.

Zahara convierte el insulto en un grito de reapropiación. La operación no es nueva, pero encaja con una película que trata precisamente de eso: de mujeres que encuentran una forma de libertad dentro del mismo campo donde pretenden humillarlas.

El pasado y el presente no son idénticos. Tampoco están completamente separados.

Hoy existen futbolistas profesionales, referentes reconocibles, una competición consolidada y una selección campeona del mundo. Miles de niñas pueden inscribirse en un equipo sin sentir que están desafiando el orden natural de las cosas. Sería absurdo negar la profundidad del cambio. No deja de ser elocuente que entre los colaboradores de la película figure la propia Liga F, la competición profesional que aquellas pioneras hicieron posible.

También sería ingenuo presentar la historia como una marcha triunfal sin retrocesos, desigualdades o conflictos pendientes.

La memoria no necesita santos

Pioneras. Solo querían jugar llega a las salas después de haber recibido el Premio del Público en Málaga. Las primeras críticas publicadas han destacado su capacidad para emocionar y su combinación de drama, comedia y cine deportivo. Algunas también han señalado límites: una coralidad difícil de sostener, personajes que podrían necesitar mayor desarrollo y ciertos lugares comunes propios de las historias de superación.

No hay ninguna contradicción en ello.

Una película puede ser necesaria sin ser intocable. Puede recuperar una historia silenciada y, al mismo tiempo, ser examinada como obra cinematográfica. Puede emocionar sin quedar exenta de preguntas. De hecho, una historia sobre mujeres que durante años fueron tratadas con condescendencia merece algo mejor que una recepción complaciente.

A falta de verla, hay algo que la película ya ha conseguido: colocar ante el público una historia que nunca debió permanecer en los márgenes.

Durante demasiado tiempo, el relato del fútbol femenino español se ha contado como si hubiera aparecido de repente cuando llegaron las audiencias, los grandes estadios y los títulos internacionales. Como si antes de los focos no hubiera existido nada. Como si el barro no contase.

Pero mucho antes de que el fútbol quisiera mirarlas, ellas ya estaban allí.

Jugando.