Ana González y su hermana gemela Laura no trataban especialmente bien a sus muñecas.
Su madre recuerda que las rompían para jugar con la pelota. Habían crecido viendo a su hermano mayor jugar al fútbol y el deporte no tardó en ocupar casi todos los rincones de la casa.
Nunca llegó a marcharse.
Ana y Laura se convirtieron en futbolistas, compartieron vestuario en el Sevilla y el Betis y comenzaron a entrenar equipos de cantera mientras todavía jugaban. Incluso ahora, Ana admite que tampoco desconecta al volver a casa. Su hermana es entrenadora y ella ya se imagina siguiendo el mismo camino cuando termine su carrera como futbolista.
Por ahora, esa carrera continúa definida por su capacidad para cambiar.
Ana entró en la cantera del Sevilla en 2009 y alcanzó el primer equipo siendo adolescente. En 2014 cruzó una de las fronteras más profundas del fútbol español para fichar por el Betis.
El movimiento tuvo mucha menos repercusión de la que tendría ahora. Ana, Laura y sus nuevas compañeras fueron presentadas en una peña bética del barrio de San Pablo, no en el Benito Villamarín. El equipo todavía competía en Segunda y la Liga F profesional ni siquiera existía.
Ana permaneció ocho temporadas.
Ayudó al Betis a ascender en 2016 y después conoció casi todas las versiones posibles del club: luchar en la zona alta, pelear por la permanencia, jugar en el Villamarín y observar cómo la sección femenina iba ganando instalaciones y visibilidad.
También descubrió que la continuidad no garantiza la seguridad.
Hubo temporadas en las que jugó con regularidad y otras en las que parecía haber perdido su sitio. Con el tiempo reconoció que tardó en comprender que los periodos sin minutos también formaban parte de la carrera de una futbolista. Su respuesta fue continuar trabajando hasta que apareciera otra oportunidad.
El cambio más importante fue el de posición.
Ana se había formado como central, pero fue adelantando su lugar hasta instalarse en el centro del campo durante sus últimos años en el Betis. El cambio le permitió aprovechar su lectura del juego y sus recursos defensivos mientras aumentaba su participación con el balón.
«El que se adapta es el que sobrevive», explicó al recordar aquella transformación en 2022.
Para entonces, adaptarse también significaba marcharse.
Ana tenía 27 años y había desarrollado toda su vida deportiva en Sevilla. Dejar el Betis le produjo tristeza e incertidumbre, pero entendió que el club y la jugadora necesitaban separar sus caminos para continuar creciendo.
El Madrid CFF le ofreció la oportunidad.
Llegó a tiempo para la mejor campaña de la historia del club: quinto puesto y 56 puntos en su primera temporada. Jugó dos temporadas y marcó siete goles actuando ya en el centro del campo.
Su siguiente destino fue Badalona, donde asumió un papel de liderazgo dentro de una plantilla rodeada de cambios casi constantes y sumó otros 49 encuentros en Liga F.
El momento más especial llegó en la Copa de la Reina.
El Badalona alcanzó las semifinales en 2026 y empató sin goles con el Barça en el partido de ida. Ana ocupó el centro del campo mientras su equipo pasaba largos periodos defendiendo cerca de su propia área. Antes de la vuelta habló de la necesidad de aceptar el sufrimiento y aprender a sentirse cómoda dentro de él.
La idea también podría resumir buena parte de su carrera.
Laura ya entrena. Ana todavía juega.
Ahora regresa al Madrid CFF, el club con el que se atrevió a dejar Sevilla por primera vez.
A los 31 años, Ana González sigue adaptándose. Precisamente por eso continúa aquí.