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JUGADORAS

Lucía Pardo aprendió a jugar con las dos piernas y a esperar su momento

Su padre insistió en que utilizara la izquierda cuando era niña. Años después, en Madrid, tuvo que aprender algo más difícil: aceptar que no siempre iba a jugar. La delantera de Outeiro de Rei regresa a Galicia después de convertir la exigencia, la paciencia y la velocidad en una carrera consolidada en Liga F.

Antes de aprender a esperar, Lucía Pardo aprendió a correr.

Empezó jugando en el jardín de su casa, acompañada por su padre y su hermano. El fútbol formaba parte de la familia: su padre había sido portero y se empeñó pronto en que su hija no utilizara siempre la misma pierna.

Le pedía que jugara con la izquierda. Pardo se enfadaba y se frustraba. Años después, reconocería que aquella insistencia le permitió golpear el balón con las dos.

Primero jugó al fútbol sala con sus compañeros de clase en Outeiro de Rei. Después pasó por el Azkar y llegó a la Milagrosa, donde tuvo su primera experiencia en un equipo femenino. El salto al fútbol once respondió también a una cuestión sencilla: sentía que la pista se le había quedado pequeña.

Le gustaba correr y atacar los espacios. Necesitaba más terreno por delante.

En enero de 2015, recién cumplidos los 15 años, se incorporó al Friol. Marcó en su debut con un equipo que entonces competía en Segunda División y permaneció allí hasta que el Madrid CFF la llamó en 2021.

El recorrido parece limpio visto desde fuera. No lo fue tanto desde dentro.

Durante sus primeros años, Pardo sufría antes de jugar. Los nervios podían provocarle vómitos y durante un tiempo se mezclaron con una celiaquía que todavía no había sido detectada. Le gustaba el fútbol y disfrutaba cuando comenzaban los partidos, pero su propia exigencia convertía las horas anteriores en una prueba.

Con el tiempo aprendió a manejarlo. No recuerda un momento concreto en el que todo cambiara. Simplemente fue creciendo y aquella angustia perdió fuerza.

En Madrid tuvo que enfrentarse a otra clase de frustración.

Llegó para jugar en el filial y entrenarse habitualmente con el primer equipo. Durante la primera temporada participó poco. Hasta entonces había estado acostumbrada a sentirse importante, y descubrir que podía trabajar toda la semana para quedarse en el banquillo le resultó difícil de aceptar.

Ella misma ha reconocido que ponía mala cara cuando no jugaba. Necesitó conversaciones con María Pry y Víctor Martín para entender que la suplencia también formaba parte del oficio y que no siempre podía medir su valor por los minutos de un domingo.

La oportunidad terminó llegando.

En septiembre de 2022, durante su primera temporada como integrante de pleno derecho del primer equipo, Pardo marcó contra el Alavés. El Madrid CFF ganó 1-2 y aquel tanto se convirtió en el primero de la Liga F desde que la máxima categoría había adquirido la condición de profesional.

Ella no lo sabía.

Después de marcar, corrió hacia Gabi Nunes, autora de la asistencia, y celebró el gol con sus compañeras. Solo comprendió su importancia cuando terminó el partido, miró el teléfono y encontró una cantidad inesperada de mensajes.

Pardo había hecho historia sin ser consciente de estar haciéndola.

El detalle encaja con una carrera que nunca se ha construido alrededor de un único momento. Aquel gol le dejó un lugar permanente en los registros de la competición, pero no la convirtió automáticamente en una futbolista consolidada. Todavía tenía que ganarse el puesto, aprender a sostenerlo y demostrar que podía aportar más que una fecha para recordar.

Cuando le pidieron que se definiera, eligió dos palabras: explosiva y rápida. También explicó que podía actuar en cualquier posición del ataque, aunque prefería partir desde el extremo izquierdo.

No era casualidad.

La niña a la que el fútbol sala se le había quedado pequeño había convertido la carrera hacia el espacio en uno de sus principales recursos. La insistencia de su padre le había dado además la capacidad de terminar las jugadas con cualquiera de las dos piernas.

En 2024 dejó Madrid para incorporarse a la Real Sociedad. Buscaba, según explicó después, dar “un pasito más”: mejores condiciones, mayores exigencias y la posibilidad de competir en la zona alta.

Durante dos temporadas disputó 53 partidos de Liga y marcó doce goles. En la segunda, la Real terminó tercera, solo por detrás del Barcelona y el Real Madrid. Pardo ya no era la jugadora que intentaba entender por qué se quedaba en el banquillo. Era una atacante habitual en uno de los mejores equipos del campeonato.

Ahora regresa a Galicia para jugar en el Deportivo, con el que ha firmado hasta 2028.

El fichaje cierra un círculo geográfico, pero no devuelve a Pardo al mismo punto desde el que salió. La futbolista que dejó el Friol en 2021 necesitaba descubrir si podía hacerse un sitio en Primera. La que vuelve ha aprendido a convivir con los nervios, la distancia, la suplencia y la exigencia de competir entre las mejores.

Su sueño sigue siendo jugar la Champions o un Mundial. Nunca lo ha ocultado. Tampoco parece haber buscado atajos para alcanzarlo.

Lucía Pardo comenzó queriendo un campo más grande para poder correr.

Desde entonces, su carrera ha consistido en aprender qué hacer cuando finalmente encontraba todo ese espacio por delante.

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Redacción · FemGol

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