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JUGADORAS · JOSÉ MERA CUEVAS

A Silvia Lloris también se le rompió el corazón

Tras sufrir una rotura del ligamento cruzado anterior y una lesión en el menisco, la futbolista del Atlético de Madrid se sentó frente a una cámara para contar lo que no aparece en una resonancia: el dolor de su familia, la pérdida de autonomía y el aprendizaje de permitirse estar mal.

El 12 de febrero de 2026, en torno al minuto 40 de una eliminatoria de la Liga de Campeones contra el Manchester United, Silvia Lloris frenó con la pierna derecha para cambiar de dirección y sintió un «clac». Intentó levantarse y quiso caminar por sí misma. Repitió que podía hacerlo hasta que dio un paso y comprendió que ya no controlaba la pierna. La rodilla era, según la describiría después, como un flan.

Las pruebas del día siguiente confirmaron la rotura del ligamento cruzado anterior. También había una lesión en el menisco.

Pero aquello no rompió únicamente una rodilla.

«Lesionarme también rompió mi corazón». Así tituló Silvia el primero de los vídeos con los que decidió contar su recuperación.

No grabó la caída, la llamada a casa ni la noche en el hospital. Tampoco los primeros días, cuando necesitaba ayuda para levantarse, ducharse o ir al baño. Solo está Silvia frente a la cámara. A veces sonríe; otras se detiene, respira y espera unos segundos antes de continuar.

No enseña los momentos más dolorosos. Los recuerda después.

El dolor de los demás

El padre de Silvia había viajado a Manchester para verla jugar. Camino del estadio le dijo algo que ninguno de los dos olvidaría:

—Cariño, tenemos que ser conscientes de los partidos que estamos viviendo y disfrutarlo al máximo.

Unas horas después, la vio abandonar el terreno de juego sin poder controlar la rodilla.

Silvia sabía que algo grave había sucedido. El médico comenzó a explorarla en el banquillo y ella comprendió lo que significaba aquel movimiento anormal de la articulación. Carmen Menayo terminó con la incertidumbre:

—Silvia, ya está.

Silvia dejó de llorar. Aquellas palabras no cambiaban lo ocurrido, pero lo volvían definitivo. Ya no quedaba otra explicación que buscar ni otra posibilidad a la que aferrarse.

«A lo hecho, pecho», recuerda que le respondió al médico.

Se duchó, le vendaron la pierna y regresó para acompañar a sus compañeras durante la segunda parte. El fútbol se había detenido para ella, pero el partido continuaba para las demás.

Después tuvo que coger el teléfono. Su madre estaba en Murcia. Su hermano esperaba noticias. El 13 de febrero era el cumpleaños de su abuela y también habría sido el de su abuelo, ya fallecido.

Silvia todavía no tenía la confirmación de la resonancia, pero conocía su cuerpo. Lo más difícil no era imaginar el diagnóstico, sino pronunciárselo a las personas que la querían. Su padre se quedó en blanco. Su madre no sabía qué decir. Algunas compañeras se acercaban llorando y era Silvia quien intentaba animarlas.

Ella ya estaba pensando en la operación y en todo lo que tendría que hacer para regresar. Los demás todavía trataban de comprender qué había ocurrido. Silvia sonreía, agradecía los mensajes, las llamadas y los abrazos, y repetía que estaba bien.

«Parecía que alguien había fallecido y yo estaba viva y con ganas de afrontarlo», cuenta.

Era ella, la futbolista lesionada, quien se había encargado de tranquilizar a todos los demás. Hasta que alguien que la conocía bien la llamó:

—Silvia, permítete estar mal, permítete llorar.

Cuando por fin se quedó sola, lloró. Se preguntó por qué tenía que suceder entonces, cuando estaba jugando, disputando la Liga de Campeones y viviendo uno de los momentos más ilusionantes de su carrera.

No encontró una respuesta.

Volver a depender

Silvia se independizó con 16 años. Estaba acostumbrada a vivir sola, organizarse y cuidar de sí misma. La operación del 17 de febrero terminó también, de manera repentina, con aquella autonomía.

Entró tranquila al quirófano. Solo insistió en que repararan todo lo que encontraran y en que le pusieran las gafas al despertar, porque sin ellas apenas podría ver a las personas que estuvieran a su alrededor.

Durante la intervención sonó «La salvación», de Arde Bogotá. Silvia conserva un recuerdo borroso de intentar cantarla bajo los efectos de la anestesia y repetir:

—¡Qué temazo! ¡Qué temazo!

Después llegó el dolor.

La primera noche en el hospital fue, según cuenta, «la peor noche de mi vida, sin ninguna duda». Cuando desapareció el efecto de la anestesia, empezó a dolerle toda la pierna. El cuádriceps se contraía y cualquier movimiento resultaba insoportable. Lloró en silencio, intentó respirar y no durmió.

A la mañana siguiente quiso regresar a casa aunque apenas podía avanzar con las muletas. Su padre condujo despacio, con las luces de emergencia encendidas, tratando de evitar cada bache.

Durante los primeros días necesitó ayuda para levantarse, sentarse, ir al baño, ducharse y mover una pierna que ya no parecía suya. Había pasado de disputar una eliminatoria de la Liga de Campeones a depender de su madre para las acciones más básicas.

Su madre se quedó durante un mes con ella en Madrid. Adaptó sus días a las necesidades de su hija, pero consiguió que la rodilla no fuera lo único que existiera entre las dos.

«He sido la persona más feliz este mes», asegura Silvia.

La lesión le había quitado temporalmente el fútbol y la independencia. Al mismo tiempo, le había dado algo que su vida profesional apenas le permitía: un mes entero junto a su madre.

No agradece haberse lesionado. Sí reconoce el amor que apareció alrededor de ella y la posibilidad inesperada de volver a sentirse hija.

Cuando su madre tuvo que regresar a Murcia, Silvia intentó explicarlo ante la cámara. Le costó hablar.

«Me duele el pecho de amor», dijo.

La lesión había herido a toda la familia. La familia también había comenzado a curarla.

Cuando la rodilla está bien y tú no

El 14 de abril, cerca de cumplir dos meses desde la operación, Silvia se grabó después de un día que definió como una montaña rusa.

La valoración había ido muy bien. La flexión, la extensión, la activación del cuádriceps y la manera de caminar avanzaban correctamente. Debería haber salido feliz.

Salió frustrada.

Si todo estaba tan bien, quería correr, saltar y empezar el siguiente ejercicio. Le dijeron que todavía no podía.

Durante toda su carrera había aprendido que el trabajo permitía avanzar. Si un día hacía 50, al siguiente quería hacer 60. Cuando llegaba a 60, buscaba 70.

La recuperación de una rotura del ligamento cruzado no responde a esa lógica. Podía sentirse preparada y cumplir todos los objetivos, pero el cuerpo seguía necesitando un tiempo que no podía acortarse con más esfuerzo, disciplina o voluntad.

Se lo explicaron comparando la recuperación con un embarazo: aunque en el quinto mes todo parezca ir perfectamente, lo que sucede dentro del cuerpo todavía necesita tiempo.

Silvia entendía la teoría. Vivirla era mucho más difícil.

La rodilla evolucionaba bien y ella se sentía culpable por no conseguir alegrarse del todo. Sabía que otras futbolistas sufrían dolor, inflamación o dificultades para recuperar el movimiento. Se consideraba una privilegiada, pero seguía queriendo más.

Después del gimnasio fue a ver entrenar a sus compañeras. Las observó correr, saltar, chocar y golpear el balón. Durante años había odiado salir a correr por su cuenta. Ahora miraba a las personas que corrían por la calle y pensaba en lo afortunadas que eran.

La rodilla estaba bien.

Ella, aquel día, no.

Recuperar a Silvia

Durante semanas, toda su vida fue la rehabilitación: reducir la inflamación, recuperar la extensión, doblar la rodilla, caminar y pedalear.

Cuando empezó a recuperar autonomía, le dijeron que también debía reconstruir una vida fuera de la lesión. Había dejado de leer. Vivía pendiente del siguiente ejercicio y de qué más podía hacer para acelerar un proceso que no podía acelerarse.

Necesitaba recuperar a Silvia, no solo a la futbolista.

En otro vídeo se ríe mientras cuenta sus primeros días en la piscina. Sabe mantenerse en el agua, pero nunca aprendió una técnica adecuada. La pierna izquierda impulsa; la derecha, todavía operada, apenas acompaña.

Se define como un «pato mareado». Pide consejos, se ríe de su respiración y celebra las agujetas como una señal de que vuelve a trabajar.

También dice que se está planteando acudir a un psicólogo y que quiere comenzar a estudiar Psicología en septiembre. Reconoce que ha levantado un muro emocional para protegerse y proteger a los demás, y quiere aprender a bajarlo.

Por eso sus vídeos no muestran únicamente una recuperación física. Un día aparece orgullosa de sus avances. Otro se siente frustrada. Puede agradecer todo lo que tiene y llorar por lo que ha perdido. Puede sentirse afortunada por el mes que compartió con su madre y desear, al mismo tiempo, que nada de aquello hubiera sucedido.

No intenta resolver esas contradicciones. Las cuenta.

Volver más ella que nunca

Silvia Lloris podría haber esperado. Podría haber regresado al césped y contar entonces una historia perfectamente ordenada: la lesión, el sufrimiento, el trabajo y la vuelta.

Habría hablado desde un final conocido.

Eligió hacerlo antes. Cuando todavía no podía correr. Cuando aún no sabía cómo se sentiría al volver a golpear un balón. Cuando tenía que detenerse en mitad de una frase porque recordar a su familia le rompía la voz.

Sus vídeos permiten comprender algo que no aparece en una resonancia: la onda expansiva de una lesión.

Un padre que se queda sin palabras. Una madre que reorganiza su vida para cuidar a su hija. Unas compañeras que lloran. Una futbolista que intenta animarlas a todas porque siente que mostrarse mal aumentaría el dolor de quienes la quieren.

Hasta que comprende que ella también necesita un lugar en el que dejar de proteger a los demás.

Ese lugar es la cámara.

Silvia dice que volverá más fuerte. No tiene ninguna duda. Pero su promesa más importante no habla de músculos, rodillas ni partidos.

«Sobre todo, sé que volveré más yo que nunca».

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JM

José Mera Cuevas

Fundador y Editor

Fundador y editor de FemGol. Aficionado al fútbol de toda la vida; simplemente cambió de canal y no piensa volver.

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