Hay carreras que se cuentan solas, a golpe de portada, y otras que hay que ir a buscar. La de Sonia Bermúdez es de las segundas, y eso dice más de la época que de ella. Porque cuando una delantera mete 123 goles en 141 partidos con el FC Barcelona y nadie la pone en el centro del cartel, el problema no es la delantera.
Bermúdez pertenece a una generación que tuvo que ser buena dos veces: buena para ganar partidos y buena para que alguien se molestara en mirar. Hoy España juega finales, llena estadios, exporta talento y discute convocatorias como quien discute asuntos de Estado. Cuando ella empezó, el fútbol femenino español vivía en otra habitación: menos focos, menos estructura, menos memoria. Talento había; lo que faltaba era un país dispuesto a tratarlas como lo que eran.
La mejor rematadora de su tiempo
Sonia Bermúdez Tribano (Vallecas, Madrid, 15 de noviembre de 1984) fue, durante años, la mejor delantera del fútbol español. Su marca en el Barça —ese 123 en 141— estableció un récord histórico en el club que solo superarían después dos nombres que sí conoce todo el mundo: Jenni Hermoso y Alexia Putellas. Fue máxima goleadora de la Primera División cuatro temporadas seguidas (2012, 2013, 2014 y 2015). Cuatro. Del tirón. En cualquier otro contexto, eso es una estatua a la puerta del estadio.
Su biografía es un mapa del fútbol femenino de su tiempo, con todo lo que eso implica de mudanzas y de empezar de cero. Se hizo grande en el Sporting de Huelva, pasó por el Sabadell y por el Rayo Vallecano —el club de su barrio—, cruzó el Atlántico para jugar en el Western New York Flash estadounidense, brilló en el Barça y cerró el círculo en el Atlético de Madrid y el Levante, donde se retiró en 2020. Nueve Ligas repartidas entre Rayo, Barça y Atlético, y tres Copas de la Reina, una con cada uno. Con la selección sumó 35 goles en 63 partidos y vivió un momento fundacional: el primer Mundial de la historia de España, en Canadá 2015.
Jugó, en definitiva, casi toda su carrera en los años en los que ser futbolista en España era todavía un acto de fe, justo antes de que llegara la profesionalización. Demasiado tarde para ser mito fundacional en blanco y negro; demasiado pronto para disfrutar de la industria que ayudó a levantar. Esa zona intermedia de la historia —la de las que no solo ganaron, sino que aceleraron el paso entre la supervivencia y la élite— es la suya.
Del gol al banquillo
Lo interesante es lo que hizo después, porque ahí se ve la pasta. En lugar de capitalizar su nombre, Bermúdez se bajó al trabajo callado de la formación. Empezó por abajo, en el cadete femenino del Real Madrid, y de ahí saltó a la Federación: sub-15, sub-19, sub-23. Categorías de base, sí, pero en España no son menores: son el laboratorio donde se decide cómo se transmite una idea de juego y cómo se prepara a las jóvenes para una absoluta cada vez más exigente. Con la sub-19 ganó dos Campeonatos de Europa consecutivos, en 2023 y 2024 —el segundo, en una final a penaltis ante Alemania—, formando precisamente a las jugadoras que ahora empiezan a asomar arriba.
Ese fue su argumento. En agosto de 2025, la RFEF la eligió para relevar a Montse Tomé al frente de la absoluta, con Iraia Iturregi —ex del Athletic, una de las técnicas más respetadas del país— como segunda. El movimiento tenía algo de relevo interno, pero también de símbolo: las mujeres que habían sostenido el crecimiento del juego pasaban a dirigir su siguiente fase. Bermúdez se estrenó hablando de las veteranas con respeto —“Jenni Hermoso es una leyenda”, dijo— mientras empujaba sin complejos a las jóvenes.
Heredar una máquina
La frase de presentación era tan bonita como peligrosa: entrenar al mejor equipo del mundo. Porque ahí está la paradoja del cargo. Bermúdez no recibió una selección en reconstrucción, sino una campeona del mundo, un grupo lleno de talento y una expectativa enorme. Antes, España soñaba con llegar; ahora tiene que ganar. Y esa diferencia lo cambia todo.
Su primer bloque competitivo confirmó que el reto no le venía grande. España revalidó la Nations League a finales de 2025 —4-0 a Suecia en semifinales, 3-0 a Alemania en una final resuelta en Madrid— y encarriló la clasificación para el Mundial de Brasil 2027 con autoridad: un 4-0 a Inglaterra en Son Moix que fue de los mejores partidos de la selección en años, y una goleada en Islandia para sellar el billete directo. En pocos meses, pasó de ser una apuesta con preguntas a una entrenadora con respuestas.
No significa que todo esté resuelto: ninguna seleccionadora de España vive ya en zona cómoda. Cada ausencia se interpreta, cada ajuste se examina, cada partido se mide no solo por el resultado, sino por la sensación de dominio. Bermúdez ha intentado mantener la identidad del equipo sin congelarla: España sigue queriendo la pelota, pero en su versión asoma una intención más vertical, las ganas de hacer daño antes, de que la posesión no se vuelva rutina estética. No es una ruptura. Es un matiz. Y a veces los matices distinguen a quien hereda de quien dirige.
Alguien que ayudó a construir la escalera
Hay algo circular en todo esto. La delantera que marcaba goles para abrir espacio cuando casi nadie miraba entrena hoy a futbolistas que ya nacieron con referentes, estructura y un horizonte mucho más amplio. La internacional que jugó el primer Mundial de España prepara ahora la defensa de una estrella. Y su doble legitimidad —conoce a las veteranas porque compartió vestuario con muchas, y a las jóvenes porque las formó— no es un detalle menor en un grupo donde conviven leyendas, futbolistas en plena madurez y talentos que empujan la puerta.
El foco le llegó tarde como jugadora. Como entrenadora, ha decidido no necesitarlo: trabaja, gana y deja que hablen los resultados. Porque Sonia Bermúdez no ha llegado a la cima como visitante. Ha llegado como alguien que ayudó a construir la escalera.