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CON VOZ

El chaleco que mide a las futbolistas, pero no fue pensado para ellas

Los dispositivos GPS controlan cada esprint, aceleración y frenada de las futbolistas. En España se utilizan desde hace años, pero la tecnología llegó al fútbol femenino dentro de prendas heredadas del masculino. La evolución abre otra pregunta: quién controla todos esos datos.

Durante el Mundial de este verano, en Estados Unidos explotó una búsqueda que dice mucho de cómo ese país se acerca al fútbol: do male soccer players wear sports bras. ¿Los futbolistas llevan sujetadores deportivos? Google Trends la sitúa en máximos históricos, alimentada por millones de personas que ven fútbol por primera vez y no entienden ese bulto entre los omóplatos de los jugadores durante los entrenamientos.

La respuesta es no. Y lo que esconde esa pregunta inocente es, en realidad, una historia sobre datos, cuerpos y una tecnología que llegó al fútbol femenino antes de que nadie se preguntara si la prenda que la sujetaba estaba pensada para ellas.

Parece un sujetador deportivo. No lo es.

Bajo la camiseta de entrenamiento, muchas futbolistas llevan una prenda negra, corta y ajustada, con un pequeño bolsillo situado entre los omóplatos. Dentro se introduce el dispositivo. El tejido únicamente lo mantiene inmóvil; el sensor es el que registra el recorrido.

Distancia total. Velocidad máxima. Número de esprints. Aceleraciones, frenadas y cambios de ritmo. Minutos de alta intensidad. Carga acumulada.

Una sesión deja de ser únicamente lo que el cuerpo técnico cree haber visto. Se convierte en una sucesión de datos que permite comparar lo previsto con lo ocurrido sobre el césped.

El chaleco representa una parte casi invisible de la profesionalización del fútbol femenino. También una de sus contradicciones: durante años, las futbolistas recibieron tecnología de alto rendimiento, pero tuvieron que ponérsela mediante una prenda creada originalmente para otro cuerpo.

El GPS ya estaba en España

En enero de 2020, la revista del Grupo Hospiten documentó el uso de estos dispositivos por parte de la UDG Tenerife. La publicación describía literalmente un «chaleco-sujetador» que cada jugadora utilizaba tanto en los entrenamientos como en los partidos oficiales.

El cuerpo técnico podía consultar el ritmo cardiaco, la distancia recorrida, la intensidad, la velocidad, los esprints y las aceleraciones. Con esa información construía un perfil individual y ajustaba el trabajo de cada futbolista. Los datos podían recibirse en tiempo real y a pie de campo.

Los dispositivos eran una herramienta integrada en el trabajo de un club de la máxima categoría española, no una prueba ocasional.

Desde entonces, su utilización ha alcanzado también a las selecciones nacionales.

Un estudio publicado en 2025 en la revista Applied Sciences analizó mediante GPS a las selecciones españolas absoluta, sub-20 y sub-17 durante tres Mundiales: Australia y Nueva Zelanda 2023, Colombia 2024 y República Dominicana 2024. Participaron 56 futbolistas de campo —porteras excluidas— con dispositivos WIMU PRO colocados en la parte superior de la espalda. Los autores incluyen al preparador físico Ismel Mazola y tienen afiliación con el área de rendimiento de la RFEF.

Los datos mostraron que el salto entre la cantera y la absoluta no consiste únicamente en recorrer más metros. La diferencia aumenta con la intensidad: la selección absoluta cubrió un 16% más de distancia total que la sub-17, pero un 40% más a alta velocidad y un 47% más al esprint.

El fútbol de élite no solo exige correr. Exige repetir acciones violentas, frenar, volver a arrancar y sostener ese ritmo durante toda una competición. El GPS convierte esa exigencia en algo cuantificable.

Cuando el dato corrige al ojo

El valor del dispositivo no está en saber quién ha recorrido más kilómetros. Un central y una extremo no tienen que producir el mismo registro. Una suplente que completa una sesión intensa el día posterior al partido tampoco puede compararse directamente con una titular que disputó noventa minutos.

El dato solo adquiere sentido cuando se coloca dentro de su contexto.

En un caso de uso publicado por KINEXON, el preparador físico del Eibar femenino, Ismel Mazola, explicó que el GPS servía para comprobar si las cargas previstas se estaban cumpliendo durante determinadas sesiones. El equipo podía recibir información en directo y utilizarla para confirmar —o discutir— lo que el cuerpo técnico había percibido a simple vista.

Mazola señaló también que la información ayudaba a respaldar decisiones sobre alineaciones. Las jugadoras, por su parte, mostraron interés en recibir informes personalizados cada semana con sus registros de entrenamientos y partidos.

La tecnología no sustituye al cuerpo técnico. Lo obliga a contrastarse.

Una futbolista puede parecer cansada y encontrarse dentro de sus parámetros habituales. Otra puede completar la sesión sin mostrar señales evidentes y, sin embargo, haber acumulado una carga muy superior a la prevista. El GPS no diagnostica una lesión ni predice cuándo se producirá. Aporta una parte de la información con la que se decide si conviene exigir, mantener o reducir el trabajo.

Eso permite también abordar uno de los problemas menos visibles de una plantilla: la diferencia entre quienes compiten y quienes no. La titular recibe durante el partido un estímulo físico difícil de reproducir. La suplente necesita compensarlo después. Sin datos, el entrenamiento puede ser igual para todas. Con ellos, empieza la individualización.

La tecnología funcionaba. La prenda, no siempre

Que el dispositivo fuese útil no significaba que su soporte resultase cómodo.

En un artículo de 2023, el Barça Innovation Hub señaló que los chalecos tradicionales se diseñaron siguiendo la solución del fútbol masculino y que pueden resultar incómodos para algunas futbolistas, que en ocasiones recurren a llevar un doble top deportivo para amortiguar esa incomodidad. No se trata de una investigación sobre una muestra de jugadoras, sino de una observación recogida en un texto divulgativo, pero coincide con un problema que ha aparecido en distintos contextos.

La paradoja es sencilla: una tecnología pensada para mejorar el rendimiento podía obligar a una deportista a entrenar y competir con dos capas ajustadas sobre el pecho.

No todas las jugadoras tienen el mismo cuerpo, la misma talla ni necesitan la misma sujeción. El modelo unisex resolvía dónde colocar el sensor, pero no necesariamente cómo integrarlo en la ropa que ya utilizaba una futbolista.

El Fundación Albacete ofrece un caso español de esa transición. Según la empresa OLIVER, el equipo había empleado los chalecos tradicionales para controlar sus cargas, pero los sustituyó por un dispositivo colocado en una media a la altura del gemelo. El proveedor atribuyó el cambio a las dificultades de colocación y a la incomodidad durante entrenamientos y partidos. La fuente es la propia compañía que comercializa la alternativa y debe leerse como tal, pero el problema que describe no aparece de forma aislada.

Otra industria siguió un camino distinto. En 2022, STATSports presentó lo que definió como el primer sujetador deportivo femenino concebido para integrar un dispositivo GPS, desarrollado y probado con futbolistas como Alex Morgan, Megan Rapinoe, Steph Houghton y Katie McCabe. El objetivo era eliminar el chaleco unisex superpuesto y reducir el número de capas que llevaban las jugadoras.

La evolución no consistió en fabricar un sensor femenino. El sensor ya existía. Consistió en asumir que la forma de llevarlo también importa.

Medir el ciclo no significa poder explicarlo todo

La tecnología de rendimiento ha comenzado a conectarse con otra información más íntima.

El sistema utilizado por el Eibar incluía, además de los GPS, herramientas de planificación, cuestionarios de bienestar y formularios para realizar un seguimiento del ciclo menstrual de las jugadoras. No era el chaleco el que recogía esos datos: se incorporaban al mismo entorno de análisis para ofrecer al cuerpo técnico una visión más amplia del estado de cada futbolista.

La posibilidad resulta útil, pero también peligrosa cuando se interpreta sin suficiente conocimiento.

En 2025, un consenso impulsado por UEFA, publicado en BMJ Open Sport & Exercise Medicine, concluyó que las pruebas disponibles sobre la relación directa entre una fase concreta del ciclo, el rendimiento futbolístico y el riesgo de lesión siguen siendo inconcluyentes. El seguimiento no debería utilizarse para asumir que una futbolista rendirá menos o tendrá más probabilidades de lesionarse en determinados días.

Su objetivo debe ser otro: detectar irregularidades, ayudar a gestionar síntomas, mejorar el conocimiento de la propia jugadora y proteger su salud.

La UEFA establece además que la participación debe ser voluntaria, que la información debe gestionarse de forma segura y que solo puede compartirse con el consentimiento de la futbolista. Su recomendación es todavía más clara al hablar de las decisiones deportivas: el seguimiento menstrual no debería utilizarse para juzgar el rendimiento ni influir en una convocatoria o una alineación.

La diferencia es fundamental.

Individualizar el trabajo según los síntomas que comunica una jugadora no es lo mismo que reducir su participación porque una aplicación calcule en qué fase del ciclo se encuentra. Una herramienta puede servir para escuchar mejor al cuerpo o para convertirlo en un prejuicio automatizado.

Depende de quién la utilice.

¿De quién son los kilómetros?

Cada chaleco genera un historial.

Cuánto corre una futbolista. A qué velocidad. Cuándo pierde explosividad. Cómo responde después de una lesión. Qué carga tolera. Qué diferencias existen entre sus partidos y sus entrenamientos. Incluso qué sucede cuando duerme peor, siente dolor o atraviesa determinados síntomas.

Son datos valiosos para mejorar su preparación. También podrían serlo para valorar un fichaje, negociar un contrato o decidir si una jugadora está físicamente preparada para continuar en un equipo.

FIFPRO considera que la información obtenida mediante tecnologías de seguimiento forma parte de los datos personales del futbolista. Su Carta de Derechos —presentada junto a FIFA en 2022— reclama que las jugadoras y jugadores sean informados sobre qué se recoge y con qué finalidad, puedan acceder a una copia, solicitar correcciones, retirar el consentimiento cuando corresponda y trasladar sus registros de una entidad a otra.

La portabilidad no es un detalle menor. Una futbolista puede pasar años generando información sobre su propio cuerpo y perder acceso a ella cuando termina su contrato. El club conserva la plataforma; la jugadora cambia de escudo.

El chaleco registra sus kilómetros. A quién pertenecen es, todavía, una pregunta sin respuesta universal.

Medir mejor

La profesionalización del fútbol femenino también ocurre lejos de las cámaras.

Está en el sensor escondido bajo una camiseta. En la preparadora física que compara las cargas. En la suplente que recibe un trabajo diferente al de la titular. En la jugadora que puede consultar sus datos y comprender mejor su rendimiento.

Pero profesionalizar no consiste simplemente en importar todo lo que ya utilizaba el fútbol masculino.

Consiste en comprobar si la prenda se adapta a quien debe llevarla. En no confundir información con certeza. En evitar que un dato menstrual se convierta en una etiqueta. En explicar quién tiene acceso a los registros y qué sucederá con ellos cuando la futbolista abandone el club.

Durante años, el fútbol fue capaz de medir cada esprint antes de preguntarse si el chaleco resultaba cómodo.

La siguiente evolución ya no consiste en registrar más.

Consiste en escuchar mejor a la persona que lleva el sensor.

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Redacción · FemGol

Equipo Editorial

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