Cuando era niño no me gustaba el fútbol. Me gustaban los chicles de fresa. Y, si soy honesto, tampoco me gustaban demasiado los chicles de fresa: lo que quería era la pegatina que venía dentro.
Recuerdo esperar el autobús del colegio delante de una tiendecita de barrio, de esas donde las cuentas se hacían sobre el mostrador, en un trozo de papel arrancado de un saco de harina. Son cosas que le hacen a uno darse cuenta de la edad —seguramente muchos de los que lean esto no sepan ni de qué hablo—. Allí nos agolpábamos para gastar cien pesetas en chicles —con cada frase noto cómo me sale una cana nueva—: unos veinte chicles de fresa que, en realidad, eran veinte pegatinas con caras de gente a la que no conocía de nada.
¿Y por qué importaban tanto, si no los conocía? Porque daba igual quiénes fueran. La gracia era otra: si tú tenías la que otro buscaba, tú mandabas. Una mecánica sencilla y poderosísima —convertir a desconocidos en héroes— que, en el fondo, no tiene nada de malo. Todos necesitamos referentes. El asunto es procurar que los de nuestros hijos sean los mejores posibles.
Lo que no vi entonces, y solo entiendo ahora, es que en aquel cajón de héroes de cartón no había ninguna mujer. Ni una. Cambiábamos delanteros, porteros, defensas con bigote… y ninguna de aquellas caras era la de una futbolista. No es que yo no las coleccionara: es que no existían. No se puede idolatrar lo que nadie se molestó en imprimir.
Mientras nosotros peleábamos por una pegatina en el patio, las niñas que jugaban al lado no tenían a quién pegar en una carpeta, ni a quién buscar en el siguiente chicle, ni a quién soñar.
Eso, por fin, está cambiando. Hoy una niña puede abrir un sobre y encontrarse a Aitana, a Alexia o a la jugadora que la haga querer bajar al parque con un balón. Puede pegarla en su carpeta, buscarla en el siguiente sobre, soñar con ser ella. Esa cara, por fin, existe.
Parece poco. No lo es. Es la diferencia entre crecer viéndote en alguien o crecer sin nadie en quien verte.
Por eso, la próxima vez que vayas a comprar el sobre, la camiseta o la entrada que ibas a comprar de todas formas, párate un segundo. Quizá puedas escoger el cromo con una F en la portada. Quizá la camiseta de Aitana en lugar de la de Pedri. Quizá un partido de Liga F para pasar la tarde con tus hijos.
No te pido que consumas más. Te pido que, ya que consumes, recuerdes que una elección pequeña puede conseguir que ninguna niña vuelva a quedarse sin una sola cara que coleccionar.
