Sara Monforte terminó su carrera como futbolista en Zaragoza y decidió que quería ser entrenadora. Tenía 36 años. La primera propuesta que recibió fue de 600 euros y sin alojamiento. Para aceptarla tuvo que regresar a casa de sus padres.
No lo cuenta como una heroicidad. Tampoco como una de esas historias de sacrificio que el fútbol convierte después en una medalla.
Lo cuenta como lo que fue: el precio de entrada.
«Yo quería ser entrenadora. Y eso es una cosa que hay que pagar».
Monforte compartió aquella experiencia durante una mesa redonda del Coach Experience Summit junto a Irene Ferreras, Toña Is y Vicky Losada. Cuatro trayectorias diferentes, pertenecientes a generaciones distintas, que terminaron describiendo el mismo patrón.
El fútbol permite a muchos hombres comenzar para que puedan demostrar de qué son capaces. A las mujeres les exige que demuestren primero de qué son capaces para concederles la posibilidad de comenzar.
No faltan entrenadoras. Faltan oportunidades.
La oportunidad que llega demasiado tarde
La profesionalización del fútbol femenino suele medirse en contratos, audiencias, estadios o estructuras. Pero también puede medirse a través de una pregunta mucho más sencilla.
¿Qué sucede cuando una mujer dice que es entrenadora de fútbol?
A Irene Ferreras le preguntaban qué hacía, además de eso, para ganarse la vida.
Había invertido tiempo, formación, dinero y una dedicación enorme en prepararse. Sin embargo, desarrollaba su trabajo dentro de un contexto que todavía no reconocía plenamente que aquello pudiera ser una profesión.
Pasaron años antes de que su llegada al Valencia le permitiera dedicarse por completo al fútbol.
La precariedad no consiste únicamente en cobrar poco. También está en tener que construir una carrera dentro de un sistema que no termina de considerarla una carrera.
Sara Monforte pudo iniciar la suya porque aceptó regresar a casa de sus padres. Vicky Losada tuvo que marcharse a Estados Unidos con 23 años porque quería ser futbolista profesional. Toña Is compaginó durante años el fútbol con su trabajo como funcionaria de policía hasta que la llamada de la Federación Española le permitió dedicarse plenamente a los banquillos.
El fútbol femenino ha crecido. Las condiciones son mejores y existen más caminos que antes. Pero el coste de atravesarlos sigue sin repartirse de la misma forma.
Unos pueden aprender dentro de una estructura profesional. Otras deben llegar preparadas después de haber sobrevivido fuera de ella.
La presunción que no existe
Un hombre que entra en el fútbol femenino es, ante todo, entrenador.
Puede no haber dirigido nunca a mujeres. Puede ser joven, tener poca experiencia y encontrarse todavía en pleno proceso de aprendizaje. Nada de eso invalida automáticamente su candidatura. El club entiende que sabe de fútbol y que deberá adaptarse a un nuevo contexto.
En la dirección contraria, esa presunción desaparece.
«¿Cuántas veces entra un tío a entrenar un equipo de fútbol femenino sin haberlo tocado en su vida?», preguntó Irene Ferreras.
La respuesta no necesitaba ser pronunciada.
Ferreras ha coincidido en estructuras profesionales con hombres recién salidos de sus estudios, todavía formándose y aprendiendo dentro del propio sistema. No cuestiona su derecho a estar allí. Se pregunta por qué esa oportunidad, considerada natural para ellos, sigue pareciendo excepcional cuando quien empieza es una mujer.
«Eso de que no hay mujeres entrenando no me lo creo. Habrá menos, claro, por proporción. Pero no hay oportunidades».
Cambiar el diagnóstico obliga a cambiar la solución.
Si faltaran mujeres formadas, habría que formarlas. Si lo que faltan son oportunidades, el problema está en quienes las reparten.
La losa y el rebote
El fútbol ha convertido la destitución en una parte habitual de la carrera de los entrenadores.
Un técnico pierde cinco partidos, es cesado y meses después aparece en otro banquillo. El fracaso se interpreta como un episodio del oficio. Una experiencia que puede salir mal sin que eso invalide todo lo anterior ni cierre necesariamente todo lo que viene después.
Para las entrenadoras, ese mecanismo no funciona igual.
Sara Monforte lo explicó mirando a Irene Ferreras.
«Si fuera un hombre, tendría muchas más llamadas. Estoy convencida de que tendrá, pero no tantas. Porque es mujer».
Ferreras fue todavía más directa.
«Si te pueden colgar la losa diez años de tu vida, te la cuelgan. El que es cesado, el año que viene tiene otro equipo».
La diferencia no está únicamente en cuántas oportunidades recibe cada persona. También está en cuánto pesa cada error.
Cuando un hombre fracasa, el fútbol suele analizar el contexto: la plantilla, el club, los resultados, las lesiones o las decisiones tomadas. Cuando fracasa una mujer, el resultado corre el riesgo de convertirse en una confirmación. La confirmación de una duda que ya existía antes de contratarla.
Ferreras lo vivió tras su salida del Valencia. Regresó a casa de sus padres durante la pandemia, sin equipo y con la sensación de que todo lo construido podía haberse terminado allí.
Fue entonces, cuando no tenía contrato ni nadie validaba su trabajo, cuando tomó la decisión consciente de ser entrenadora.
No porque el fútbol le garantizara otro banquillo. Porque decidió que una experiencia negativa no iba a determinar el resto de su carrera.
Esa fortaleza fue necesaria. No debería haberlo sido.
Estar no significa haber llegado
La presencia de entrenadoras en la Liga F demuestra que algunas puertas se han abierto. Pero saber quién entra no explica todo lo que sucede dentro.
Sara Monforte entrena al Espanyol. Ha renovado por dos temporadas y habla con satisfacción de la confianza que el club ha depositado en ella.
Después añade una frase que recorta cualquier tentación de considerar el problema resuelto.
«Seguimos entrenando equipos de tabla media para abajo».
No es un desprecio hacia esos clubes. Es un mapa del poder.
Las entrenadoras existen. Trabajan, compiten, ascienden, mantienen equipos y desarrollan futbolistas. Sin embargo, continúan lejos de la mayoría de los proyectos con mayores presupuestos, mejores plantillas y posibilidades reales de pelear por los títulos. Contar cuántas mujeres ocupan un banquillo es un indicador, no una conclusión. También importa qué banquillos ocupan, qué recursos reciben, cuánto margen se les concede cuando los resultados no llegan y cuántas terminan compitiendo por títulos en lugar de por la permanencia.
La igualdad no consiste únicamente en abrir la puerta. Consiste en permitir que quien entra pueda recorrer todo el edificio.
El talento que el fútbol pierde sin contarlo
Vicky Losada conoce a futbolistas que se quedaron por el camino porque las condiciones no eran suficientes para sostener una carrera.
Jugadoras con talento que tuvieron que elegir entre trabajar y competir. Mujeres que no dejaron el fútbol porque no fueran válidas, sino porque el fútbol no les permitió continuar.
Lo mismo sucede en los banquillos.
No existe una estadística que contabilice a la entrenadora que abandonó porque no podía vivir con su primer salario. Ni a la que nunca recibió una oportunidad dentro de una estructura profesional. Ni a la que desapareció después de una mala experiencia mientras otros acumulaban segundas, terceras y cuartas oportunidades.
El fútbol no registra esas pérdidas. Por eso puede seguir repitiendo que no encuentra mujeres preparadas sin preguntarse cuántas expulsó antes de poder encontrarlas.
Toña Is llevó a la selección española sub-17 a proclamarse campeona del mundo. Vicky Losada tuvo que emigrar para ser profesional. Sara Monforte necesitó volver a casa de sus padres para comenzar a entrenar. Irene Ferreras tuvo que aprender a no medir su propia valía por el número de llamadas recibidas.
«No hace falta que nadie me diga nada o que nadie me dé una oportunidad en un equipo de Champions para saber que yo valgo».
Esa certeza permite resistir. Pero no corrige el sistema que obliga a necesitarla.
No puede recaer siempre sobre las mujeres la responsabilidad de ser más fuertes, aguantar más tiempo, aceptar peores condiciones y convertir cada obstáculo en una historia inspiradora.
El fútbol no necesita regalarles nada. Necesita dejar de exigirles más para concederles menos.
No faltan entrenadoras. Faltan primeras oportunidades en condiciones dignas. Faltan clubes que entiendan que formar talento también consiste en permitirle empezar. Faltan segundas oportunidades después del error. Faltan proyectos grandes dispuestos a confiar antes de que una mujer presente un currículum imposible de ignorar. Y faltan banquillos desde los que puedan aspirar no solo a participar, sino también a ganar.
Las declaraciones recogidas en este artículo fueron realizadas durante la mesa redonda de fútbol femenino del Coach Experience Summit.