Durante una de las pausas de hidratación del España–Cabo Verde, ITV hizo algo que el resto de cadenas no hizo: en lugar de rellenar el hueco con un comentarista repitiéndose, plantó a Emma Hayes delante de una pizarra de tiza —X para Cabo Verde, O para España— y la dejó explicar por qué la campeona de Europa no encontraba la manera de entrar. España terminó empatando a cero con una debutante mundialista, en una de las sorpresas del torneo. El clip de Hayes corrió más rápido que cualquier jugada del partido. Un periodista de Sky Sports lo zanjó: es la mejor analista del Mundial.
Conviene situar la escena. ITV monta su estudio de este Mundial en Brooklyn, y por esa mesa pasan Roy Keane, Gary Neville e Ian Wright —el comentarismo masculino británico en su versión más reconocible y más bronca—. En ese contexto, la voz que obliga a parar el scroll es la de una mujer que nunca ha dirigido a un equipo de hombres.
La lectura fácil sería “mujer que triunfa en un mundo de hombres”. Es perezosa y, a estas alturas, falsa por partida doble. Falsa porque Hayes no es una principiante a la que se le hace sitio: construyó la dinastía del Chelsea —siete Ligas, una década de títulos—, ganó el oro olímpico de París 2024 en su décimo partido al frente de Estados Unidos y fue la primera entrenadora en recibir un Balón de Oro de banquillo. Y falsa, sobre todo, porque lo que ocurrió en ITV no es una excepción. Es la punta de algo que lleva años construyéndose.
El trasvase de expertas del fútbol femenino al comentarismo del masculino tiene ya una década larga. Eni Aluko fue la primera mujer que se sentó como analista en el Match of the Day, el programa más sagrado de la televisión futbolística inglesa, en 2014. Karen Carney lideró la cobertura de ITV en la Eurocopa masculina de 2024, final incluida. En el Mundial de Qatar 2022 hubo, por primera vez, un panel íntegramente femenino analizando un partido masculino. Hayes no abrió esa puerta: la cruzó cuando ya estaba abierta, y resultó ser la que mejor la atraviesa.
Y antes de que esto suene a fenómeno británico que no nos toca, conviene mirar en casa. Vero Boquete —primera española nominada al Balón de Oro, primera en ganar una Champions— fue también la primera mujer que comentó un torneo masculino para la televisión española: la Eurocopa de 2024 en RTVE, partidos de la selección incluidos, después de haber narrado la Eurocopa femenina y el Mundial femenino. La versión local de Hayes existe, tiene nombre y lleva ya el mismo camino andado. Con una diferencia que conviene decir sin maquillar: la cantera española de exjugadoras convertidas en analistas es más joven y más fina que la inglesa. Vamos por detrás, pero vamos.
Y el fenómeno acaba de saltar el Atlántico. Para este mismo Mundial, TUDN —el gigante de Televisa— ha fichado a Aitana Bonmatí, tres veces Balón de Oro y futbolista todavía en activo, y a Jennifer Hermoso, campeona del mundo, para analizar a La Roja en horario de máxima audiencia. Dos de las mejores jugadoras del planeta explicándole el fútbol de los hombres a media Latinoamérica. La propia Aitana lo contó con una franqueza que vale por todo el reportaje: “Cuando me lo dijeron, al principio pensé ‘¿y por qué yo?’. Soy futbolista en activo”. La pregunta correcta, claro, es por qué no.
Hasta aquí, una buena noticia. El problema —y lo interesante— aparece cuando uno se pregunta si el puente tiene dos sentidos. No los tiene. Las mentes del fútbol femenino cruzan a explicar el masculino; el viaje de vuelta apenas existe. No hay un Guardiola, un Mourinho ni un Keane sentados a analizar la final del Mundial femenino como pares, por puro interés en el juego. La autoridad fluye cuesta arriba, y en una sola dirección.
Pero el viaje de vuelta sí se produce de otra forma. No como reciprocidad, sino como ocupación. Eni Aluko abrió este año un debate incómodo señalando a Ian Wright: sostiene que hay un número finito de plazas en la cobertura del fútbol femenino, y que cada hombre que ocupa una se la resta a una exjugadora con currículum de sobra para ella. Puso el ejemplo de la final de la Eurocopa femenina de 2025: entre la BBC e ITV, dos de seis puestos de análisis fueron a parar a hombres, mientras analistas con cientos de partidos internacionales en las piernas miraban desde la grada.
La respuesta llegó rápido y desde dentro. Laura Woods, una de las presentadoras más respetadas del país, replicó que “el fútbol femenino por y para mujeres” es de las frases más dañinas que ha escuchado: lo que de verdad se quiere hacer crecer, vino a decir, no se blinda. Y los defensores de Wright recuerdan que su trabajo en el femenino se concentra en las selecciones, no en quitar sitio jornada a jornada.
Me quedo con Woods, y no porque Aluko no tenga parte de razón: la tiene. El agravio que denuncia —exjugadoras de currículum enorme mirando desde la grada mientras un hombre estrena el oficio— es real, y nombrarlo no sobra. Pero su solución apunta al sitio equivocado. Blindar el fútbol femenino “por y para mujeres” es amueblar mejor un pozo, y el pozo es justo del que no consigue salir: mientras sea un género aparte —su liga, sus voces, su público, su mesa—, seguirá siendo nicho por definición. Lo que lo saca de ahí es lo contrario de un cerco: que Keane discuta la final de Brasil con la misma bronca con que discute la de aquí, que un seleccionador de primer nivel pida la palabra sin que sea noticia. El fútbol femenino no necesita una habitación propia mejor decorada. Necesita dejar de ser una habitación. No es nicho: es fútbol.
Hay, además, una manera de comprobar hacia qué lado pesa la balanza, y es pronto. El verano que viene se juega el Mundial femenino en Brasil. Y por cómo se alterna el calendario internacional —2024 de ellos, 2025 de ellas, 2026 de ellos, 2027 de ellas—, ese verano no hay torneo masculino absoluto: los seleccionadores de hombres estarán tan libres como lo está Hayes ahora. La pregunta, entonces, se cae sola: ¿cuántos técnicos masculinos de primer nivel veremos en un plató analizando la final de Brasil, con la agenda igual de despejada? Apunten la fecha. La respuesta —probablemente, casi ninguno— no dirá nada del calendario. Dirá quién considera que el fútbol del otro merece su atención.
Por eso la pizarra de tiza de Hayes importa más de lo que parece. No porque una mujer demostrara que sabe —esa frase llega diez años tarde—, sino porque, en mitad de un Mundial hipertecnológico, la lectura más lúcida del partido la firmó alguien a quien ese mismo fútbol, durante demasiado tiempo, no se molestó en escuchar. Y porque, cuando se invierta el escenario, ya veremos quién devuelve la visita.
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