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CON VOZ

El derecho a mirar

Sahar Khodayari no quería jugar, ni mandar, ni desafiar a nadie. Quería entrar en un estadio y mirar. La historia de la 'Chica Azul' y de las gradas prohibidas de Irán recuerda que, antes incluso del derecho a jugar, hay mujeres que han tenido que pelear por el derecho a estar.

Aficionadas iraníes en el estadio Azadi de Teherán, durante el Irán-Camboya de octubre de 2019: la primera vez en unos cuarenta años que se permitió la entrada masiva de mujeres, semanas después de la muerte de Sahar Khodayari.
Aficionadas iraníes en el estadio Azadi de Teherán, durante el Irán-Camboya de octubre de 2019: la primera vez en unos cuarenta años que se permitió la entrada masiva de mujeres, semanas después de la muerte de Sahar Khodayari.Mohsen Abolghasem · MOJ News Agency / Wikimedia Commons (CC BY 4.0)

Sahar Khodayari no quería jugar un partido. No quería ocupar un cargo, ni desafiar una competición, ni levantar una pancarta en el círculo central. Quería entrar en un estadio y mirar. En Irán, durante décadas, eso bastó para convertir a una aficionada en un problema.

Hay derechos tan elementales que casi da vergüenza tener que defenderlos. Sentarse en una grada. Comprar una entrada. Llevar la camiseta de tu equipo. Gritar un gol que no cambia tu vida pero te alegra la tarde. No jugar, no decidir, no mandar: solo mirar. Y sin embargo hubo un país, y no hace tanto, en el que una mujer murió por intentarlo.

A Khodayari la conocen en Irán como la Chica Azul, por los colores del Esteghlal, su equipo. En 2019 la detuvieron por colarse en el estadio Azadi disfrazada de hombre para ver un partido. Ante la amenaza de una condena de cárcel, se prendió fuego en las escaleras del juzgado. Murió unos días después. No había saltado al campo, no había marcado, no había hecho nada que no hagan millones de aficionados cada fin de semana. Solo había querido mirar.

Lo que viene antes de jugar

Solemos contar la historia del fútbol femenino desde las futbolistas: las que jugaron cuando no podían, las que desafiaron prohibiciones, las que entrenaban de noche y ganaban sin que nadie las mirara. Esa historia es imprescindible. Pero hay otra menos contada, un escalón anterior y más silencioso: la de las mujeres que no pedían jugar, sino estar. La niña que quería ir al campo con su padre. La hincha que sabía más de fútbol que medio graderío y no podía demostrarlo allí.

Porque a quien no se le permite ni mirar, difícilmente se le va a permitir jugar. Mirar no es un detalle menor: es una forma de ciudadanía deportiva. Quien puede ir al estadio forma parte de la memoria colectiva, puede decir “yo estaba”. Durante cuarenta años, desde la Revolución de 1979, a las iraníes se les negó incluso eso: la entrada a los estadios de fútbol masculino. No era una ley escrita —lo que lo hacía aún más difícil de combatir—, sino una costumbre impuesta con detenciones y abusos. Fuera del estadio, fuera de la celebración, fuera de esa comunidad ruidosa e imperfecta que se forma alrededor de un partido.

Permiso no es lo mismo que derecho

La grieta llegó en octubre de 2019, semanas después de la muerte de Sahar, cuando la presión internacional forzó a abrir el Azadi de Teherán a unas 3.500 mujeres para un Irán-Camboya. En diciembre de 2024, un estadio de Isfahán llegó a llenarse con 45.000. Suena a conquista, y lo es a medias: aquel partido se jugó solo con público femenino como castigo a la afición masculina por sus cánticos. Ahí está la trampa. Cuando una mujer puede entrar solo si el poder quiere, solo cuando el calendario conviene, solo en una zona determinada y en número controlado, no está disfrutando de un derecho. Está recibiendo un permiso. Y los derechos no deberían depender del permiso.

La grada como frontera

Cuento todo esto desde un país donde nada de eso pasa, y conviene decirlo sin paternalismo: aquí las mujeres entran a los estadios, juegan, arbitran, narran. Pero las gradas prohibidas de Irán no son solo un asunto iraní. Son la versión extrema de algo que, en grados distintos, ha recorrido el fútbol en casi todas partes: la idea de que el estadio es, por defecto, un sitio de hombres, y que la mujer que entra lo hace de prestado.

Lo hemos contado aquí con veinte pegatinas y ninguna niña, con álbumes que se editan como si el fútbol fuera cosa de chicos. La grada vacía de mujeres y el álbum sin futbolistas son el mismo gesto: decidir, antes de que nadie pregunte, quién pertenece a este sitio y quién está de visita. Una grada sin mujeres no es una grada neutral: es una grada amputada. La diferencia con Irán es de grado, no de naturaleza.

Por eso miramos

En FemGol nos pasamos el día insistiendo en mirar hacia donde casi nadie apunta la cámara. La otra selección, la otra liga, la otra mitad de la historia. Y a veces, contándolo, uno se da cuenta de que el verbo que mejor define este oficio no es jugar ni ganar, sino precisamente ese: mirar. Dar por hecho que aquello merece ser mirado. Porque mirar es la forma más sencilla de decir esto importa: una grada llena es un veredicto.

Sahar Khodayari quería ver un partido. Esa frase debería bastar. Que le costara la vida obliga al fútbol a responder a una pregunta mucho más simple que todos sus discursos sobre la unión y la pasión: ¿universal para quién? Mientras una aficionada necesite permiso para entrar en una grada, el fútbol no será de todos. Porque el fútbol no empieza cuando pita el árbitro. Empieza cuando alguien siente que tiene derecho a estar allí.

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Redacción · FemGol

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