Dicen que el fútbol femenino no les interesa.
Lo escriben en publicaciones sobre fútbol femenino. Lo repiten bajo vídeos de fútbol femenino. Dedican varios párrafos a explicar por qué jamás perderían tres minutos viendo un partido de fútbol femenino.
No les interesa, pero siempre están ahí.
Llevo meses coleccionando esos comentarios. No por masoquismo, sino porque, si vas a construir algo, conviene saber exactamente contra qué.
Y lo que he encontrado no son opiniones deportivas. Son tres argumentos distintos que dicen lo mismo: este sitio no os pertenece.
El primero: el que no disimula
Una cuenta de Facebook vinculada al mundo del fitness publicó recientemente que ver un partido de fútbol femenino era tan divertido como ver a tres abuelos jugando a la petanca. Que el único deporte femenino que había logrado ver durante más de tres minutos era el vóley playa, «por obvias razones». Y que las empresas deberían hacer jugar a las mujeres casi desnudas para aumentar sus ingresos.
Al final añadía, como clausura inevitable:
«No penséis que soy un machista retrógrado».
Es el arquetipo más transparente. No finge. No construye un argumento. Dice lo que piensa y lo firma con su nombre y su fotografía.
En cierta manera, es el más fácil de leer: el desprecio es estético y sexual, y no tiene ningún interés en disimularlo.
No está opinando sobre el nivel técnico de una competición. Está explicando bajo qué condiciones estaría dispuesto a tolerar la presencia de las mujeres en el deporte: siempre que continúen siendo un producto diseñado para satisfacerlo.
Dice buscar espectáculo deportivo. Propone eliminar el deporte de la conversación.
El segundo: el que convierte su gusto en conspiración
En Reddit, un usuario publicó lo siguiente:
«¿Alguien puede ver esta basura? Presión de los grandes medios para que nos guste algo malo. ¿Por qué quieren normalizar un deporte femenino que es pésimo para ver?»
Este es más sofisticado, aunque no lo parezca a primera vista. Ha incorporado el lenguaje del escepticismo: la gran prensa, la normalización, la presión externa.
No es simplemente que el fútbol femenino le parezca aburrido. Es que existen fuerzas ocultas intentando manipular su gusto.
El argumento tiene una elegancia perversa: así nunca puede estar equivocado. Si en algún momento el fútbol femenino le convence, habrá caído en la trampa. Si no le convence, habrá resistido la manipulación.
Es una posición perfectamente blindada contra cualquier evidencia.
Cada estadio lleno es propaganda. Cada patrocinador es un lobby. Cada noticia forma parte de una campaña organizada. El interés genuino de quienes siguen las competiciones simplemente no existe en su mapa del mundo.
El tercero: el que tiene credencial
Horacio Pagani lleva décadas ocupando espacios destacados en los medios deportivos argentinos. Cuando habla, no lo hace desde un perfil anónimo. Habla desde un estrado.
Y dijo esto:
«El fútbol es esencialmente masculino. Tienen 200 años de fútbol masculino, así que no se metan las mujeres que no juegan al fútbol. Con el feminismo está todo bien, somos todos iguales, pero al fútbol déjenlo jugar a los tipos».
Este es el más peligroso de los tres.
No porque sea más inteligente que los anteriores ni porque su argumento resulte especialmente elaborado, sino porque sus palabras tienen peso institucional. Pagani habla desde uno de esos lugares que durante décadas han decidido qué importa en el deporte y qué no, qué merece una portada y qué puede ser tratado como una extravagancia.
El argumento de los «200 años» merece un momento de atención. Es un argumento de inercia pura: las cosas deben continuar siendo como son porque llevan mucho tiempo siendo así.
Pero el fútbol no nació con una identidad masculina grabada en el balón. Se convirtió en masculino porque durante décadas los hombres dispusieron de los campos, los clubes, las federaciones, los recursos y los espacios mediáticos. Porque a las mujeres se les dificultó o directamente se les prohibió participar.
Después, esa exclusión fue presentada como algo natural.
No era la naturaleza. Era una ventaja acumulada.
Lo que tienen en común
Los tres mensajes proceden de espacios distintos. Uno aparece en Facebook, otro en Reddit y el tercero sale de la boca de un periodista con décadas de presencia en los medios deportivos.
Pero están de acuerdo en algo fundamental: el fútbol femenino no merece su atención y el problema es el fútbol femenino.
Ninguno contempla, ni por un momento, que el problema podría estar en ellos.
Hay también algo que resulta llamativo: esta exigencia solo se aplica al fútbol femenino. Nadie pide que desaparezca una competición masculina porque no alcance las audiencias de la Champions. Nadie observa un partido de regional y protesta porque sus jugadores no regatean como Lionel Messi. Nadie utiliza las audiencias de la Premier League para demostrar que un equipo de barrio no merece tener un campo.
A las mujeres, en cambio, se les exige la excelencia absoluta antes de permitirles ocupar siquiera un minuto de atención.
Por qué existe FemGol
A nadie tiene que gustarle el fútbol femenino. La libertad de cambiar de canal siempre ha existido.
Pero hay una diferencia entre decir «no me interesa esta competición» y necesitar demostrar que ninguna mujer debería practicarla, verla o vivir de ella. Quien no está interesado puede mirar otra cosa. Quien necesita proclamar que es una basura, burlarse de las jugadoras o explicar cómo deberían vestirse está haciendo algo distinto: intentando establecer qué aficiones merecen respeto y cuáles no.
FemGol no nació para convencer a quienes escriben esos comentarios. No creo que vayan a cambiar de opinión porque lean este artículo y, sinceramente, tampoco es nuestro objetivo.
Nació porque cada vez más personas siguen el fútbol femenino con la misma pasión con la que se sigue cualquier deporte, y durante demasiado tiempo no han tenido en español el espacio que esa pasión merece.
El partido ya ha empezado. Y quizá eso sea precisamente lo que tanto les molesta.
