Saltar al contenido
PIONERAS · JOSÉ MERA CUEVAS

El Mundial femenino que llenó el Azteca y desapareció de la historia

En 1971, México y Dinamarca disputaron una final ante más de 110.000 personas. Hubo televisión, patrocinadores, merchandising y futbolistas recibidas como estrellas. Veinte años antes del primer Mundial femenino organizado por la FIFA, el fútbol ya había respondido a una pregunta que todavía hoy se formula como si siguiera abierta: si alguien quería verlo.

El relato oficial no está equivocado. Está incompleto.

El Estadio Azteca vuelve a ocupar el centro del fútbol mundial. Se hablará de 1970, de Pelé elevándose sobre la defensa italiana y de una Brasil que todavía funciona como medida de la belleza. Se hablará de 1986, de Maradona y de un recinto que no necesita presentación porque lleva décadas acumulando recuerdos ajenos. Se repetirá que es el primer estadio que alberga tres Mundiales masculinos.

Todo eso es verdad.

Pero hay una fecha que rara vez aparece cuando se enumera la memoria del Azteca: 5 de septiembre de 1971.

Aquel día, más de 110.000 personas llenaron sus gradas para ver una final entre México y Dinamarca. Sobre el césped no había hombres. Tampoco se disputaba un partido de exhibición ni una función secundaria colocada antes del acontecimiento importante. Era la final de un Mundial femenino organizado fuera de la estructura de la FIFA.

Dinamarca ganó 3-0. Los tres goles los marcó una delantera de quince años llamada Susanne Augustesen.

Después, aquella historia desapareció.

También en FemGol: México también juega: la selección femenina que quiere volver al Mundial doce años después

Un Mundial antes de que existieran los Mundiales

La precisión importa. El torneo de México 1971 no fue una Copa del Mundo reconocida por la FIFA. Conviene llamarlo Mundial femenino oficioso para no fabricar una versión cómoda del pasado. La primera edición organizada por la FIFA llegaría veinte años después, en China, en 1991.

Pero la palabra oficioso tampoco puede convertirse en una forma elegante de quitarle importancia.

Un año antes ya se había celebrado en Italia otro torneo internacional presentado como Mundial. México recogió el testigo en 1971 y llevó la idea a otra escala. Participaron seis selecciones: México, Argentina, Inglaterra, Francia, Italia y Dinamarca. Hubo partidos en Ciudad de México y Guadalajara. Hubo rivalidades, tensión, goleadas, una semifinal bronca entre México e Italia y una selección anfitriona capaz de arrastrar a una multitud hasta el Azteca.

No era la primera vez que las mujeres jugaban al fútbol. Tampoco era la primera vez que reunían público. La historia del deporte femenino está llena de momentos anteriores que fueron tratados como anomalías para no tener que aceptar que formaban parte de una tradición.

Pero México 1971 tiene algo difícil de esquivar: su tamaño.

Resulta complicado presentar como una anécdota un estadio con más de 110.000 personas dentro.

Todo estaba allí

Las imágenes de aquel torneo desconciertan porque no se parecen a la infancia precaria de un deporte que todavía buscaba permiso para existir. Se parecen a un Mundial.

Las futbolistas aparecían en la televisión y en los periódicos. Había patrocinadores, carteles, programas oficiales, insignias, llaveros, pegatinas y camisetas. Cada selección disponía de intérprete y de instalaciones de entrenamiento. Cuando algunos equipos aterrizaron en México, encontraron cámaras, aficionados y recibimientos reservados habitualmente a las estrellas.

El campeonato tuvo incluso una mascota: Xóchitl, una niña mexicana dibujada con un balón entre las manos. Su nombre significa flor en náhuatl. Aparecía en banderines, medallas, folletos y todo tipo de productos promocionales. Antes de que muchas federaciones aceptaran plenamente que las mujeres podían ocupar un campo de fútbol, alguien ya había entendido que también podían ocupar un escaparate.

No conviene romantizarlo.

El torneo no fue una utopía feminista adelantada a su tiempo. Buena parte de su promoción utilizó los mismos estereotipos que pretendía desafiar. Hubo porterías pintadas de rosa, salones de belleza junto al estadio y una cobertura que con frecuencia miraba antes las piernas que el juego. Las futbolistas eran deportistas y, al mismo tiempo, un producto presentado como novedad exótica.

Esa contradicción no reduce la importancia de lo ocurrido. La vuelve todavía más reveladora.

El fútbol espectáculo había descubierto el valor comercial del fútbol femenino antes de que las instituciones estuvieran dispuestas a reconocer su valor deportivo.

Un escaparate sin sueldo

Mientras los patrocinadores ocupaban las vallas y la maquinaria publicitaria convertía el torneo en un acontecimiento, las protagonistas seguían sin cobrar.

Las futbolistas mexicanas llegaron a plantearse no disputar la final. Habían llenado estadios, grabado anuncios y alimentado un negocio que crecía a su alrededor, pero no recibían nada de aquello que estaban generando. Según la prensa de la época, reclamaron dos millones de pesos para el conjunto. El comité organizador se negó. La protesta provocó críticas y presión pública. Finalmente jugaron.

«Nunca nos pagaron por jugar en el Mundial», resumiría décadas más tarde Alicia Vargas, la delantera a la que México apodó la Pelé. Lo más parecido a una compensación llegó cuando todo había terminado: el 11 de septiembre, seis días después de la final, México y Argentina volvieron al Azteca para disputar la Copa Xóchitl, un partido benéfico organizado para recaudar fondos destinados a las familias de las jugadoras mexicanas.

La historia de Lourdes de la Rosa, una de las integrantes más jóvenes de la selección anfitriona, resume con una precisión casi dolorosa la distancia entre el brillo y la realidad. Años después contó a El País que, pese a disputar partidos, participar en actos promocionales y grabar anuncios, nunca cobraron. Un empresario les entregó en una ocasión 500 pesos a cada una. Ella tenía 17 años y los utilizó para comprarse unos tenis, unos pantalones y un perfume Chanel Nº 5.

Afuera había más de 110.000 personas.

Dentro del vestuario seguían discutiendo si las jugadoras merecían cobrar.

Tres goles y una adolescente

El 5 de septiembre, México salió al campo empujado por un país que quería celebrar a sus futbolistas. Dinamarca tenía otros planes.

Susanne Augustesen marcó en los minutos 28, 42 y 51. Tenía quince años. Necesitaba permiso de sus padres para viajar y terminó firmando un triplete en una final disputada ante una de las mayores multitudes que haya presenciado jamás un acontecimiento deportivo protagonizado por mujeres.

La imagen de las danesas levantando el trofeo en el Azteca debería ocupar un lugar reconocible en la cultura futbolística. No porque sea necesario inventar una genealogía perfecta que conecte de forma directa aquel torneo con todo lo que vino después. La historia rara vez avanza en línea recta.

Debería ocuparlo porque ocurrió.

Porque miles de personas compraron una entrada.

Porque las gradas estaban llenas.

Porque el fútbol femenino no estaba esperando a que alguien descubriera su potencial. Lo estaba demostrando.

Cómo se borra un estadio lleno

La desaparición de México 1971 no puede explicarse únicamente por la mala memoria.

El torneo se disputó fuera de la estructura oficial y no encontró continuidad. Las instituciones que controlaban el fútbol no lo incorporaron a su relato. En algunos países, participar tuvo consecuencias. Las integrantes de la selección inglesa —recordadas hoy como las Lost Lionesses— regresaron a casa después de jugar ante multitudes y recibieron sanciones por haber acudido a una competición no autorizada.

Durante décadas, algunas de aquellas futbolistas apenas hablaron de lo que habían vivido. No porque el Azteca hubiese estado vacío. Precisamente por lo contrario: porque resultaba difícil explicar una experiencia gigantesca cuando la historia oficial insistía en que prácticamente no había existido.

El documental Copa 71, dirigido por Rachel Ramsay y James Erskine, recuperó imágenes archivadas durante medio siglo y devolvió a muchas jugadoras la posibilidad de verse sobre el césped. Su mayor aportación no consiste solamente en rescatar una rareza fascinante. Obliga a cambiar la pregunta.

La cuestión ya no es por qué el fútbol femenino tardó tanto tiempo en despertar.

La cuestión es qué ocurrió cada vez que despertó y alguien decidió volver a apagar la luz.

Las pioneras no aparecen cuando las descubrimos

La historia dialoga de forma natural con lo ocurrido en España durante aquellos mismos años. Aquí también hubo mujeres que jugaron antes de recibir reconocimiento, campos llenos que después quedaron fuera del encuadre y relatos construidos como si cada generación tuviera que comenzar desde cero.

La película Pioneras. Solo querían jugar recupera una parte de esa memoria: la de las jóvenes que abrieron camino en un país que todavía discutía si correr detrás de un balón era una actividad apropiada para ellas. Las historias no son idénticas. No necesitan serlo.

Comparten una pregunta incómoda: cuántas veces puede nacer un deporte antes de que decidamos recordar a quienes ya estaban allí.

También en FemGol: Pioneras: antes de que el fútbol las mirara, ellas ya estaban jugando

La página vacía

Durante años se repitió que el fútbol femenino necesitaba tiempo. Que debía crecer. Que antes de reclamar espacio tenía que demostrar que existía un público dispuesto a verlo.

La frase continúa apareciendo con distintas formas. A veces cuando se discuten los horarios. A veces cuando se negocian los derechos televisivos. A veces cuando se exige paciencia a quienes llevan décadas escuchando que todavía no ha llegado el momento adecuado.

México 1971 no resuelve por sí solo todos los debates del presente. No demuestra que cualquier partido vaya a llenar cualquier estadio. No elimina las diferencias económicas ni permite construir una historia sencilla de progreso inevitable.

Hace algo más útil.

Impide fingir que la pregunta nunca había sido respondida.

Cuando el Azteca vuelva a llenarse y las cámaras recorran sus gradas, se hablará con justicia de los hombres que convirtieron ese césped en un lugar sagrado para el fútbol. Conviene reservar también un espacio para las mujeres que jugaron allí delante de más de 110.000 personas y después tuvieron que esperar más de medio siglo para recuperar su lugar en la memoria.

El estadio no estaba vacío.

Vacía quedó la página.

★ BOLETÍN SEMANAL

Lo mejor de FemGol, cada semana

Recibe una selección de las noticias, historias y protagonistas que merece la pena leer sobre fútbol femenino, cada semana directo a tu buzón.

Gratis · Boletín semanal · cancela cuando quieras
Al suscribirte aceptas la política de privacidad.

Sigue leyendo

Añade FemGol a tus fuentes preferidas en Google →
JM

José Mera Cuevas

Fundador y Editor

Fundador y editor de FemGol. Aficionado al fútbol de toda la vida; simplemente cambió de canal y no piensa volver.

contacto@femgol.com