LA OTRA SELECCIÓN · ALEMANIA
Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.
Alemania ya está fuera del Mundial.
Paraguay resistió durante 120 minutos, empató 1-1 y eliminó a la cuatro veces campeona del mundo en una tanda de penaltis que terminó 4-3. La selección alemana volvió a abandonar un gran torneo mucho antes de lo que esperaba, esta vez en los dieciseisavos de final.
La otra selección de Alemania había completado su tarea poco más de tres semanas antes.
El 5 de junio, la selección femenina derrotó 2-0 a Noruega en Colonia y se convirtió en la primera representante europea clasificada para el Mundial de Brasil 2027. Terminó la fase con dieciocho goles a favor y solo uno en contra. Mientras el equipo masculino todavía preparaba su viaje a Norteamérica, ellas ya sabían dónde disputarían su próximo Mundial.
Podría parecer una simple inversión de papeles: los hombres se marchan y las mujeres avanzan.
Pero la historia de la selección femenina alemana es bastante más profunda.
Antes de convertirse en una potencia, tuvo que sobrevivir a una federación que había decidido que no debía existir.
En 1955, la Federación Alemana de Fútbol prohibió el fútbol femenino dentro de sus clubes. La decisión afectaba a la Alemania Occidental y estaba acompañada por argumentos que presentaban el deporte como una amenaza para la salud, la moral y la supuesta feminidad de las jugadoras. Los clubes afiliados no podían crear equipos femeninos ni prestarles sus campos.
Las mujeres continuaron jugando fuera de las estructuras oficiales.
Organizaron partidos, formaron equipos y mantuvieron vivo un deporte que la institución encargada de gobernarlo había decidido expulsar. La prohibición no se levantó hasta 1970. Incluso entonces, la DFB tardó otros doce años en crear una selección nacional.
El primer partido oficial llegó el 10 de noviembre de 1982, en Coblenza, contra Suiza.
Alemania Occidental ganó 5-1. Silvia Neid, que tenía 18 años, entró durante el encuentro y marcó dos goles. Aquel día comenzó una trayectoria que terminaría convirtiéndola en una figura central de todos los grandes ciclos de la selección: primero como jugadora, después como asistente y finalmente como entrenadora.
El triunfo del estreno no convirtió inmediatamente a Alemania en una potencia.
No se clasificó para las Eurocopas de 1984 y 1987. Necesitó tiempo para construir un equipo, encontrar una generación y dejar de competir como una recién llegada. El cambio llegó en 1989, cuando organizó la fase final del campeonato europeo.
La semifinal contra Italia fue el primer partido de fútbol femenino retransmitido en directo por la televisión alemana. Terminó en una tanda de penaltis en la que la portera Marion Isbert detuvo tres lanzamientos y convirtió el definitivo. En la final, disputada ante un estadio de Osnabrück lleno, Alemania derrotó 4-1 a Noruega y conquistó el primer título de su historia.
La federación entregó a cada campeona una vajilla de café decorada con motivos florales.
El premio elegido por la DFB parecía devolverlas simbólicamente al espacio del que se suponía que no debían haber salido. Habían llenado un estadio, ganado una Eurocopa y abierto una nueva etapa para el fútbol alemán. La institución las recompensó con un objeto doméstico.
Aquella vajilla terminó convertida en una pieza de museo.
El equipo, en cambio, no volvió a la cocina.
Dos años después revalidó el título europeo. Tras perderlo en 1993, lo recuperó en 1995 y comenzó una secuencia difícil de imaginar en el fútbol moderno: seis Eurocopas consecutivas entre 1995 y 2013.
Durante más de dos décadas, el campeonato europeo perteneció casi siempre a Alemania.
La selección ganó ocho títulos en sus primeras doce participaciones, disputó nueve finales y encadenó diecinueve victorias consecutivas en fases finales desde 1997 hasta la final de 2009. Desde la recuperación del título en marzo de 1995 hasta su eliminación en los cuartos de final de 2017 transcurrieron 8.162 días con Alemania como campeona vigente de Europa.
Sus futbolistas dejaron de representar una anomalía tolerada por la federación y se convirtieron en una de sus principales fuentes de prestigio.
Silvia Neid, Heidi Mohr, Bettina Wiegmann, Steffi Jones, Nadine Angerer, Renate Lingor y Birgit Prinz fueron algunas de las figuras que sostuvieron aquella transformación. Prinz ganó cinco Eurocopas y dos Mundiales, fue elegida tres veces mejor jugadora del mundo y se convirtió en el rostro de la etapa más dominante.
El salto definitivo llegó en 2003.
Alemania derrotó a Suecia en la final del Mundial gracias a un gol de oro de Nia Künzer. Con aquel triunfo se convirtió en el primer país que había ganado tanto el Mundial masculino como el femenino. Cuatro años después defendió el título en China, venció 2-0 a Brasil en la final y completó todo el torneo sin recibir un solo gol.
Ya no era únicamente la gran dominadora europea.
También se había convertido en campeona del mundo dos veces consecutivas.
El oro olímpico de Río 2016 completó el palmarés. Silvia Neid, presente en los ocho títulos europeos de Alemania —tres como futbolista, tres como asistente y dos como seleccionadora—, cerró su carrera levantando en el Maracaná el único gran trofeo que todavía le faltaba al equipo.
El dominio, sin embargo, tampoco podía durar para siempre.
Alemania perdió la final de la Eurocopa de 2022 contra Inglaterra y quedó eliminada en la fase de grupos del Mundial de 2023, algo que nunca le había sucedido. La caída puso fin a la idea de que su presencia entre las mejores estaba garantizada por la historia.
La respuesta comenzó con el bronce olímpico de 2024 y continuó en la Eurocopa de 2025. Alemania alcanzó las semifinales después de sobrevivir con diez jugadoras durante buena parte de una eliminatoria contra Francia y cayó únicamente en la prórroga ante España. No había recuperado su imperio, pero sí su capacidad para competir cuando el torneo se volvía incómodo.
Ahora, bajo la dirección de Christian Wück, ya ha asegurado su lugar en Brasil 2027.
Lo hizo antes que ninguna otra selección europea, después de completar una clasificación invicta y encajar un solo gol en seis partidos. El objetivo ya no consiste en proteger una superioridad heredada, sino en demostrar que Alemania puede volver a conquistar el mundo en una época mucho más competida, con España, Inglaterra, Estados Unidos, Brasil y otras potencias capaces de discutirle cualquier torneo.
La selección masculina se marcha del Mundial después de perder por primera vez una tanda de penaltis en la competición.
La femenina ya piensa en el siguiente.
No porque su historia haya sido una sucesión inevitable de victorias, sino porque aprendió a sobrevivir a casi todo: a una prohibición, a la condescendencia de su propia federación, a una vajilla como recompensa, al final de una dinastía y a la primera eliminación mundialista de su historia.
La DFB tardó doce años en crear una selección femenina después de levantar la prohibición sobre el fútbol practicado por mujeres.
Cuando por fin lo hizo, ellas necesitaron treinta y cuatro años para conquistar Europa y el mundo y ganar el oro olímpico.