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LA OTRA SELECCIÓN

Austria también juega: aquel verano de 2017 todavía les debe una promesa

Austria debutó en una gran fase final alcanzando las semifinales de la Eurocopa de 2017. Nueve años después, busca el primer Mundial femenino de su historia y una respuesta definitiva a la promesa que dejó aquel verano.

La selección de Austria posando antes de un partido internacional.
La selección de Austria posando antes de un partido internacional.Michellethewise / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

LA OTRA SELECCIÓN · AUSTRIA

Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.


Hay selecciones que llegan a un torneo para aprender y se marchan habiendo enseñado algo a todas las demás.

Austria fue eso en la Eurocopa femenina de 2017.

Debutaba en una gran fase final. No tenía una historia que proteger, una estrella mundial que justificara las expectativas ni un pasado al que aferrarse cuando aparecieran las dificultades.

Tenía a Manuela Zinsberger bajo los palos. A Sarah Puntigam ordenando la defensa. A Sarah Zadrazil en el centro del campo. A Nina Burger, Nicole Billa y un grupo que todavía no sabía hasta dónde podía llegar.

También tenía algo difícil de preparar para un rival: la libertad de quien no siente que esté perdiendo un lugar que le pertenece.

Austria llegó hasta las semifinales.

No perdió un solo partido durante el juego.

Y encajó un único gol en todo el campeonato.

El día en que comenzó la promesa

Su primer encuentro fue contra Suiza.

Nina Burger marcó el único gol del partido y Austria consiguió la primera victoria de su historia en una fase final. Después empató 1-1 contra Francia y cerró el grupo derrotando 3-0 a Islandia.

Siete puntos. Cinco goles a favor. Uno en contra.

Primera de grupo en su debut.

Ya no era únicamente una selección nueva que estaba disfrutando de la experiencia. Era un equipo al que resultaba casi imposible encontrarle una grieta.

En cuartos de final esperaba España.

Austria resistió durante 120 minutos. España tuvo el balón, buscó espacios y acumuló intentos, pero el marcador no se movió.

La eliminatoria terminó en los penaltis.

Las cinco lanzadoras austríacas marcaron. Manuela Zinsberger detuvo uno de los disparos españoles y Sarah Puntigam convirtió el lanzamiento definitivo.

Austria estaba en semifinales de Europa.

No había necesitado dominar a España. Tampoco había llegado allí por accidente. Había construido cada partido sobre una defensa coordinada, una portería segura y la convicción de que soportar el juego del rival también era una manera de controlarlo.

Dinamarca volvió a comprobarlo en semifinales.

Otros 120 minutos sin goles.

Austria tuvo incluso la oportunidad de adelantarse desde el punto de penalti durante el encuentro. No la aprovechó. En la tanda posterior, el equipo que había ejecutado con precisión absoluta contra España no consiguió marcar ninguno de sus lanzamientos.

Dinamarca avanzó a la final.

Austria regresó a casa eliminada, pero invicta.

Había disputado cinco partidos, había recibido un solo gol y se había quedado a una tanda de alcanzar la final en la primera gran competición de su historia.

La sorpresa había terminado.

La promesa acababa de empezar.

El problema de cambiar las expectativas

Antes de 2017, clasificarse para una Eurocopa habría sido suficiente.

Después de 2017, ya no.

Ese fue el verdadero legado de aquella generación. No ganó un título, pero modificó la manera en la que el país podía mirar a su selección femenina.

Austria ya sabía que podía competir contra Francia, eliminar a España y quedarse a un paso de una final continental. Había encontrado una identidad reconocible: concentración, disciplina, solidaridad defensiva y una capacidad permanente para convertir cada partido en algo incómodo.

La siguiente misión era demostrar que no había sido únicamente el milagro de un verano.

Lo hizo en 2022.

Austria regresó a la Eurocopa, perdió por la mínima contra la anfitriona Inglaterra y después derrotó a Irlanda del Norte. En la última jornada volvió a encontrarse con Noruega, una selección campeona del mundo y dos veces campeona de Europa.

Nicole Billa marcó el único gol.

Austria volvió a clasificarse para los cuartos de final.

Alemania terminó con su recorrido, pero la segunda aparición había confirmado algo importante: 2017 no había sido una anomalía.

Austria quizá no perteneciera al grupo de selecciones destinadas a ganar cada torneo.

Ya pertenecía al grupo de equipos a los que nadie quería enfrentarse.

La ausencia

El siguiente paso debía ser la continuidad.

En cambio, llegó la ausencia.

Austria no se clasificó para la Eurocopa de 2025.

La eliminación resultó especialmente difícil de explicar porque el rival fue Polonia, una selección a la que había derrotado dos veces durante la fase de grupos, ambas por 3-1.

En la eliminatoria definitiva ocurrió lo contrario.

Polonia ganó 1-0 en Gdansk y volvió a imponerse por el mismo resultado en Viena. Dos partidos. Dos goles recibidos. Ninguno marcado.

Polonia consiguió la primera clasificación de su historia para una gran competición.

Austria se quedó fuera después de haber alcanzado las eliminatorias en sus dos Eurocopas anteriores.

Años antes, no participar habría parecido una consecuencia normal de su lugar dentro del fútbol europeo. Ahora se sintió como un fracaso.

Esa también era parte de la herencia de 2017.

Austria había cambiado las expectativas. Ya no podía volver tranquilamente al anonimato.

La generación que permanece

Las protagonistas de aquel verano no desaparecieron de golpe.

Algunas fueron dejando la selección. Otras continuaron sosteniéndola mientras aparecían futbolistas más jóvenes.

Sarah Zadrazil siguió ocupando el centro del campo. Manuela Zinsberger continuó defendiendo la portería durante buena parte del siguiente ciclo. Sarah Puntigam se convirtió en la jugadora con más internacionalidades de la historia del país.

Nicole Billa siguió representando una forma de competir que Austria había convertido en propia: atacar cada balón como si pudiera decidir el partido.

Pero ninguna generación permanece intacta.

Austria tuvo que aprender a renovar el equipo sin perder aquello que lo había hecho reconocible. El proceso no fue sencillo. Cambiaron futbolistas, responsabilidades y entrenadores mientras las demás selecciones europeas también crecían.

La distancia que Austria había recortado en 2017 no permaneció inmóvil.

Había que volver a recorrerla.

El Mundial que todavía no existe

Austria nunca ha disputado una Copa del Mundo femenina.

Esa ausencia pesa más después de haber alcanzado unas semifinales y unos cuartos de final europeos.

La primera fase del camino hacia Brasil 2027 tampoco ofreció respuestas fáciles. Austria quedó encuadrada con Alemania, Noruega y Eslovenia y perdió sus tres primeros encuentros.

El tercero fue un 5-1 contra Alemania.

Cuatro días después volvió a enfrentarse a la misma selección.

Esta vez no recibió ningún gol.

El empate significó el primer punto conseguido por Austria frente a Alemania, ocho veces campeona de Europa. También recuperó una imagen conocida: un equipo que resiste cuando todo parece preparado para que gane el rival.

En mayo llegó al banquillo Lars Søndergaard. Su estreno coincidió con el partido número 250 de la historia de la selección.

Austria venció 1-0 a Eslovenia.

No le alcanzó para conseguir el billete directo. Alemania ganó el grupo, Noruega terminó segunda y Austria ocupó la tercera posición.

Brasil todavía queda lejos.

Pero no ha desaparecido.

Dos eliminatorias y una respuesta

El camino continúa en octubre contra Kosovo.

Austria jugará primero como visitante y resolverá la eliminatoria en casa. Si avanza, deberá enfrentarse después al vencedor del cruce entre Israel y Suiza.

Solo entonces sabrá si consigue una de las plazas directas para Brasil o si todavía necesita pasar por el repechaje intercontinental.

No parece un recorrido imposible.

Tampoco permite demasiados errores.

Austria debe superar a selecciones con menos recorrido internacional, pero ya aprendió contra Polonia que la historia anterior no marca goles y que haber sido mejor unos meses antes no protege a nadie en una eliminatoria.

La selección que en 2017 no tenía nada que perder afronta ahora un escenario diferente.

Tiene una promesa que cumplir.

No volver a ser pequeñas

Hoy juega Austria.

Su selección masculina se enfrenta a Argentina en un Mundial al que el país llevaba esperando desde 1998. Las luces estarán sobre ellos y sobre un torneo que Austria tardó casi tres décadas en recuperar.

Las mujeres continúan persiguiendo el primero.

Pero fueron ellas quienes devolvieron antes al fútbol austríaco la sensación de poder competir contra los grandes. Ellas llegaron a unas semifinales europeas cuando nadie las esperaba. Ellas eliminaron a España, frenaron a Francia y necesitaron dos tandas de penaltis para conocer la derrota.

Aquel verano no convirtió a Austria en una potencia.

Hizo algo quizá más difícil.

Le enseñó que no tenía por qué sentirse pequeña.

Nueve años después, la pregunta sigue abierta: ¿fue 2017 el milagro de una generación concreta o el comienzo de una selección capaz de permanecer?

Brasil 2027 puede ofrecer la respuesta.

Austria no necesita repetir aquella semifinal para demostrar que fue real.

Necesita conseguir que no sea el único lugar al que regresa cada vez que quiere recordar hasta dónde puede llegar.

Porque 2017 no fue un techo.

Fue una promesa.

Y todavía está esperando que alguien la cumpla.

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Redacción · FemGol

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