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LA OTRA SELECCIÓN

Corea del Sur también juega: la selección que busca su próxima generación

Entre el legado de Ji So-yun y la aparición de Casey Phair, la selección femenina de Corea del Sur vive en un lugar incómodo: demasiado hecha para empezar de cero, demasiado incompleta para sentirse satisfecha.

Cho So-hyun disputa un balón durante un partido de la selección de Corea del Sur.
Cho So-hyun disputa un balón durante un partido de la selección de Corea del Sur.LittleBlinky, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

LA OTRA SELECCIÓN · COREA DEL SUR

Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.


Corea del Sur no necesita que nadie la presente como una selección emergente. Ese momento ya pasó. Llegó a octavos del Mundial en 2015, compitió durante años entre las selecciones fuertes de Asia y en 2023 dejó una imagen difícil de olvidar: un empate ante Alemania que no le sirvió para pasar de grupo, pero sí para empujar a una campeona del mundo fuera del torneo.

Ese detalle explica bastante bien dónde está Corea. No siempre le alcanza para escribir su propia historia hasta el final, pero todavía tiene fútbol suficiente para cambiar la de los demás.

La selección coreana volvió a demostrarlo en la Copa Asiática de 2026. Empató 3-3 con Australia, la anfitriona, y aun así terminó primera de su grupo por diferencia de goles. Goleó a Uzbekistán en cuartos y selló su billete para el Mundial de Brasil 2027. Después llegó Japón y le recordó que el techo asiático sigue estando un escalón por encima. El 4-1 de semifinales no borró el camino, pero sí puso nombre al problema: Corea compite, resiste, aparece, pero todavía no domina.

En el centro de esa historia está Ji So-yun. No solo como una futbolista importante, sino como una especie de memoria viva del fútbol femenino coreano. Durante años fue la prueba de que el país podía producir talento de primer nivel. Su carrera en Europa, su peso dentro de la selección y su regreso al fútbol coreano la convirtieron en algo más que una centrocampista: fue el puente entre lo que Corea quería ser y lo que realmente podía sostener.

Pero los puentes también envejecen.

La pregunta que acompaña ahora a Corea del Sur no es si tiene pasado. Lo tiene. Tampoco si tiene futuro. Casey Phair apareció en el Mundial de 2023 con 16 años y 26 días y se convirtió en la persona más joven en disputar una Copa del Mundo absoluta, masculina o femenina, por delante incluso del récord masculino de Norman Whiteside, que jugó con Irlanda del Norte en 1982 con 17 años y 41 días. Su nombre llegó como llegan a veces las promesas: con ruido, con ilusión y con una responsabilidad que quizá no debería cargar una adolescente.

Porque Phair no es una solución. Al menos no todavía. Es una señal.

Su aparición dice que Corea puede seguir produciendo talento, incluso talento distinto, formado entre varios mundos y preparado para crecer fuera del camino tradicional. Pero también revela otra cosa: la selección necesita algo más que nombres sueltos. Necesita una generación que no dependa de una leyenda que se resiste a apagarse ni de una joven a la que se le pide que adelante etapas.

Ese es el punto incómodo. Corea del Sur lleva años siendo una selección lo bastante buena para no desaparecer, pero no lo bastante fuerte para romper definitivamente su techo. Ha tenido futbolistas, ha tenido momentos y ha tenido partidos que obligan a mirarla con respeto. Lo que no siempre ha tenido es continuidad suficiente para convertir todo eso en una identidad ganadora.

El problema no está solo en el campo. En septiembre de 2025, las jugadoras hicieron público un comunicado conjunto con su sindicato: amenazaban con boicotear entrenamientos y partidos previos a la Copa de Asia si la federación no respondía antes del 17 de octubre a sus quejas por viajes en autobús y clase turista, alojamientos lejos de los campos de entrenamiento y gastos de bolsillo para traslados y equipación. Detrás había una cifra: la federación destinaba al equipo femenino menos del 10% del presupuesto del masculino. La disputa se resolvió semanas antes del torneo, cuando la KFA se comprometió a pagar a partir de entonces vuelos en clase ejecutiva en todos los desplazamientos largos de la selección femenina. No es un detalle administrativo. En una selección que vive de márgenes pequeños, viajar peor, descansar menos o preparar peor los partidos también acaba siendo fútbol.

Por eso Corea del Sur no encaja del todo en el relato cómodo de “selección en crecimiento”. Crecer suena lineal, casi inevitable. Lo suyo se parece más a una espera. La espera de que el talento encuentre estructura. De que la liga acompañe más. De que la transición entre generaciones no sea un salto al vacío. De que Ji So-yun pueda dejar de ser imprescindible sin que eso parezca una pérdida irreparable.

El Mundial de 2027 volverá a ofrecerle una oportunidad. Corea no llegará como favorita, pero tampoco como invitada decorativa. Llegará con oficio, con memoria y con una pregunta pendiente: si esta vez el futuro será un equipo o solo otro nombre propio.

Porque Corea del Sur ya aprendió a estar. Ahora le falta algo más difícil: aprender a quedarse de verdad.

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Redacción · FemGol

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