LA OTRA SELECCIÓN · EGIPTO
Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.
Egipto llegó al partido contra Argentina después de atravesar una frontera que llevaba décadas sin poder cruzar. El empate ante Australia y la posterior victoria en la tanda de penaltis le dieron su primer triunfo en una eliminatoria mundialista y permitieron a Mohamed Salah celebrar algo que todavía no figuraba en la historia de la selección más laureada de África.
Dentro de menos de tres semanas, otra selección egipcia comenzará su propio torneo internacional.
Egipto disputará en Marruecos la Copa Africana femenina por primera vez desde 2016. Será apenas la tercera participación de las Cleopatras en la competición. Han quedado encuadradas junto a Nigeria, vigente campeona y gran dominadora continental, Zambia y Malaui en un torneo que se celebrará del 26 de julio al 16 de agosto.
La distancia entre ambas selecciones no puede resumirse comparando títulos. La masculina ha ganado siete Copas de África. La femenina ha pasado más tiempo intentando reaparecer que compitiendo.
Antes de que hubiera una liga, incluso antes de que los grandes clubes aceptaran que el fútbol femenino también les correspondía, hubo una mujer recorriendo Egipto en busca de jugadoras.
Antes de la liga hubo una selección
Sahar El Hawary creció en una familia vinculada al fútbol. Su padre había sido jugador y árbitro internacional, pero para ella no existía un camino equivalente. El fútbol era un espacio masculino y el simple hecho de que una mujer quisiera arbitrar o jugar encontraba resistencia dentro y fuera de las instituciones.
En 1993 decidió construir la estructura que no encontraba.
El Hawary buscó talento en escuelas y calles de distintas partes del país. Llevó a algunas de aquellas jóvenes a El Cairo, les proporcionó alojamiento y comida, organizó concentraciones y creó equipos para que pudieran enfrentarse entre ellas. Durante los primeros años, buena parte de aquello salió de su propio bolsillo.
No estaba reforzando una cantera existente. Estaba intentando demostrar que había suficientes mujeres dispuestas a jugar como para que aquella cantera pudiera existir.
La selección llegó antes que la liga. El Hawary recorrió el país, reunió futbolistas e invitó a equipos extranjeros para disputar amistosos. En 1996 se creó el primer comité de fútbol femenino de la Federación Egipcia y, dos años más tarde, Egipto consiguió una plaza para el torneo continental de Nigeria.
La competición africana ya había tenido dos ediciones resueltas mediante eliminatorias, pero la de 1998 fue la primera organizada como una fase final concentrada en un país. Egipto eliminó a Uganda en la fase de clasificación y viajó a Nigeria junto a otras tres selecciones.
Los resultados mostraron la distancia que todavía separaba al nuevo equipo de las principales selecciones africanas. Egipto perdió 4-1 ante la República Democrática del Congo, volvió a caer 4-1 frente a Marruecos y cerró su grupo con un 6-0 contra Nigeria. Terminó sin puntos, con dos goles a favor y catorce en contra.
No fue una irrupción competitiva. Fue una declaración de existencia.
Después de aquella experiencia se puso en marcha una liga nacional. La competición comenzó en 2000 con clubes como Al Maaden y Wadi Degla, pero sin los dos gigantes que habían construido buena parte de la identidad futbolística del país. Al Ahly y Zamalek se negaron durante años a incorporar equipos femeninos a sus estructuras.
La selección también desapareció de los grandes torneos.
Dieciocho años para ganar un partido
Egipto tardó dieciocho años en regresar a la Copa Africana.
Lo hizo en Camerún en 2016. Perdió 2-0 ante la anfitriona en la primera jornada, pero tres días después derrotó 1-0 a Zimbabue. Era la primera victoria de Egipto en una fase final continental, conseguida después de cinco derrotas entre sus participaciones de 1998 y 2016.
La posibilidad de clasificarse para las semifinales duró hasta el último partido. Sudáfrica ganó 5-0 y dejó a las egipcias fuera del torneo.
Aquella aparición tampoco tuvo continuidad.
Egipto no estuvo en 2018, 2022 ni en la edición de 2024, disputada en Marruecos durante el verano de 2025. Durante años, su historia volvió a reducirse a la misma secuencia: un intento de reconstrucción, algunos partidos internacionales y otra desaparición.
Por eso el regreso de 2026 necesita una precisión.
Egipto no obtuvo inicialmente la clasificación.
Una puerta que se abrió después de perder
Las Cleopatras comenzaron las eliminatorias de 2025 con una victoria por 1-0 en Ruanda. El resultado les permitió avanzar a una última ronda en la que esperaba Ghana, una selección habitual entre las principales potencias del continente.
La eliminatoria no estuvo cerca. Ghana ganó 3-0 en Egipto y 4-0 en la vuelta. Doris Boaduwaa marcó cuatro de los siete goles y cerró un 7-0 global que, en aquel momento, dejaba a las egipcias fuera de la Copa Africana.
La clasificación llegó una semana después.
La Confederación Africana decidió ampliar el torneo de 12 a 16 selecciones cuando las eliminatorias ya habían terminado. Para cubrir las cuatro plazas adicionales recurrió al ranking FIFA y eligió a las cuatro selecciones mejor situadas entre las eliminadas en la última ronda: Camerún, Costa de Marfil, Malí y Egipto, que entonces ocupaba el puesto 95.
Egipto estará en Marruecos porque recibió una segunda oportunidad después de encajar siete goles.
No conviene convertir esa repesca en una hazaña. Su valor está en otra parte. La ampliación devuelve a la selección a un torneo grande y le ofrece una posibilidad que durante demasiado tiempo no tuvo: enlazar una aparición con la siguiente y dejar de empezar desde cero.
La competición también forma parte del camino africano hacia el Mundial de Brasil 2027. Para Egipto, hablar de una primera clasificación mundialista todavía parece prematuro. Compartir grupo con Nigeria y Zambia obliga a medir sus aspiraciones. Pero estar de nuevo en ese camino ya permite comprobar qué ha cambiado desde 2016.
Los gigantes llegaron porque tuvieron que llegar
Una de las diferencias está en la liga.
En octubre de 2024, Al Ahly y Zamalek disputaron el primer derbi femenino de su historia. Habían pasado casi veinticinco años desde el nacimiento de la competición nacional.
Su llegada no respondió únicamente a una transformación cultural dentro de los clubes. La CAF había vinculado las licencias para disputar sus competiciones masculinas a la existencia de estructuras femeninas. Si los grandes equipos querían continuar jugando la Champions africana o la Copa Confederación, debían crear también una sección de mujeres.
La obligación produjo lo que décadas de llamamientos no habían conseguido.
Al Ahly y Zamalek ingresaron en una liga de 18 clubes, llevaron su rivalidad al fútbol femenino y atrajeron una atención mediática que equipos como Wadi Degla habían perseguido durante años sin disponer de sus escudos, su audiencia ni su capacidad económica.
Eso no significa que todos los problemas estén resueltos. Significa que los dos clubes más poderosos del país ya no pueden comportarse como si el fútbol femenino no formara parte del fútbol egipcio.
La selección dirigida por Mohamed Kamal también ha aumentado su preparación antes del torneo. En los primeros meses de 2026 disputó dos amistosos contra Argelia, saldados con derrotas por 0-3 y 2-3, y otros dos ante Arabia Saudí, que terminaron con victorias egipcias por 2-1 y 2-0. Los resultados sitúan el momento del equipo: capaz de imponerse a selecciones todavía en desarrollo, pero lejos de las estructuras más consolidadas de su continente.
Nigeria y Zambia volverán a mostrar dónde está realmente el techo.
La tercera vez
Desde que Sahar El Hawary comenzó a construir la selección, Egipto ha necesitado más de tres décadas para alcanzar su tercera Copa Africana.
La primera selección nació porque Sahar El Hawary buscó jugadoras, las llevó a El Cairo y pagó para que pudieran entrenarse. La segunda aparición llegó dieciocho años después. La tercera ha necesitado una ampliación decidida cuando el equipo ya estaba eliminado.
No es la trayectoria de una potencia dormida. Es la de un país con suficientes jugadoras para competir, pero sin la continuidad necesaria para saber hasta dónde podrían llegar.
Mientras Mohamed Salah y la selección masculina ocupan el escenario principal del Mundial, las Cleopatras preparan un regreso mucho menos visible. No jugarán ante el mundo entero ni partirán como candidatas. Su primer objetivo será más modesto y quizá más importante: evitar que esta tercera aparición vuelva a convertirse en la última durante otros diez años.
Sahar El Hawary tuvo que pagar de su bolsillo para demostrar que Egipto también podía tener una selección femenina.
Treinta y tres años después, la pregunta ya no es si existe.
La pregunta es si esta vez Egipto está dispuesto a mantenerla.