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LA OTRA SELECCIÓN

Estados Unidos también juega: cuando el soccer superó al fútbol

En casi todos los países de esta serie hay que presentar a la selección femenina. En Estados Unidos no. Sus cuatro Mundiales bastan. Esta vez toca mirar debajo de las estrellas: a una ley educativa, miles de equipos escolares y un sistema universitario.

La selección femenina de Estados Unidos forma antes de un amistoso contra China disputado en Cleveland el 12 de junio de 2018, con dorsales en los colores del arcoíris.
La selección femenina de Estados Unidos forma antes de un amistoso contra China disputado en Cleveland el 12 de junio de 2018, con dorsales en los colores del arcoíris.Jamie Smed / CC BY 2.0 / Wikimedia Commons. Imagen adaptada.

LA OTRA SELECCIÓN · ESTADOS UNIDOS

Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.


Estados Unidos ha disputado en casa un Mundial masculino con el que esperaba confirmar que el soccer ocupa ya un lugar estable dentro de su cultura deportiva. Durante semanas, los estadios del país se han llenado para ver a una selección que continúa buscando el gran recorrido internacional que la sitúe junto a las potencias históricas.

Esta entrega de La otra selección, sin embargo, será diferente a casi todas las anteriores.

No hace falta descubrir a la selección femenina estadounidense ni reconstruir detenidamente una historia resumida por las cuatro estrellas que lleva sobre el escudo. Estados Unidos ganó los Mundiales de 1991, 1999, 2015 y 2019 y fue durante décadas el principal centro de poder del fútbol femenino internacional.

Por eso quedará aquí conscientemente en segundo plano. No para restarle importancia, sino porque esa importancia ya no necesita demostración.

La pregunta está debajo de sus títulos: qué clase de país futbolístico hizo posible que ganase tanto.

Cuando el título de esta historia habla de soccer y de fútbol no enfrenta dos deportes distintos. Enfrenta dos formas de construir el mismo juego.

En buena parte del mundo, el fútbol organizado creció alrededor de clubes, competiciones y espacios concebidos por y para hombres. Las mujeres tuvieron que reclamar mucho después un lugar dentro de estructuras que nunca habían pensado en ellas.

El soccer estadounidense siguió otro camino.

No creció únicamente alrededor de grandes clubes ni de una tradición masculina centenaria. Se extendió por colegios, institutos, universidades, parques municipales, ligas comunitarias y familias que buscaban una actividad deportiva para sus hijos y sus hijas.

En ese territorio, el fútbol femenino no apareció necesariamente como una extensión tardía del masculino. Pudo desarrollar un ecosistema propio.

La diferencia comenzó a tomar forma en 1972.

Aquel año entró en vigor el Title IX, una disposición federal de apenas 37 palabras que prohibía la discriminación por razón de sexo en los programas educativos financiados con fondos federales. La ley no se redactó específicamente para el deporte, pero transformó las oportunidades que escuelas y universidades ofrecían a las mujeres.

El fútbol encajó especialmente bien en aquella transformación.

Permitía formar equipos numerosos, podía practicarse dentro de la estructura educativa y ofrecía a las universidades una competición femenina con capacidad para crecer. Mientras los grandes deportes profesionales estadounidenses permanecían asociados casi exclusivamente a los hombres, el soccer se convirtió en uno de los espacios donde las instituciones podían ampliar su oferta para las alumnas.

La selección nacional apareció después.

Estados Unidos no disputó su primer partido internacional femenino oficial hasta agosto de 1985. Las 17 jugadoras convocadas para aquel torneo en Italia habían pasado por el fútbol universitario. La NCAA apenas llevaba tres años reconociendo oficialmente su campeonato femenino.

Antes de que existiera una gran selección, ya se estaba formando la estructura educativa que iba a alimentarla.

Cuatro décadas después, esa estructura continúa siendo inmensa.

En el curso 2024/25, 393.048 chicas jugaron al fútbol en 12.516 institutos estadounidenses. Por número de participantes, fue el tercer deporte femenino de secundaria del país, únicamente por detrás del atletismo al aire libre y el voleibol. En el mismo curso, otras 31.200 futbolistas compitieron dentro de la NCAA.

Las cifras explican algo que desde fuera puede resultar difícil de percibir.

En muchos países, una niña que quería jugar al fútbol tenía que entrar en un espacio identificado de antemano como masculino. Debía encontrar un equipo que la aceptase, compartir entrenamientos con niños, justificar su presencia y convivir con la sospecha de estar practicando un deporte que no le correspondía.

En Estados Unidos, millones de niñas crecieron viendo el soccer como una de las actividades disponibles en su colegio o en su comunidad. No era extraño que una chica jugase. No necesitaba contemplar primero un estadio profesional para imaginarse sobre el césped. Podía ver a una hermana mayor, una compañera de clase o una estudiante universitaria.

Eso no convirtió a Estados Unidos en una sociedad sin desigualdad ni hizo desaparecer los prejuicios. Pero cambió la pregunta inicial.

Para muchas niñas no era «¿me dejarán jugar al fútbol?», sino «¿en qué equipo voy a jugar?».

Ahí fue donde el soccer superó al fútbol.

No porque reuniese más espectadores que la NFL, la NBA o las grandes ligas profesionales. Tampoco porque todas las futbolistas pudiesen vivir de este deporte.

Lo superó porque consiguió hacer normal algo que el fútbol tradicional había considerado excepcional durante demasiado tiempo: que una niña ocupase un campo sin necesitar pedir permiso.

La selección fue el resultado más visible de aquella normalidad.

La generación que ganó el Mundial de 1991 no surgió de una liga profesional consolidada. Llegó desde las universidades. La de 1999 convirtió esa estructura en un acontecimiento nacional. La final contra China reunió a 90.185 personas en el Rose Bowl y terminó con el penalti de Brandi Chastain, una celebración que salió de las páginas deportivas y entró en la cultura popular estadounidense.

Mia Hamm, Michelle Akers, Julie Foudy o Chastain no fueron solamente futbolistas admiradas por quienes seguían el soccer. Se convirtieron en algunas de las deportistas más reconocibles del país. Después llegaron Abby Wambach, Megan Rapinoe, Alex Morgan y nuevas generaciones capaces de conservar esa conexión.

Durante años, los grandes referentes estadounidenses del fútbol no fueron hombres.

Eso altera la relación de un país con un deporte. Mientras la selección masculina trataba de encontrar su lugar dentro de un mercado dominado por otras competiciones, la femenina podía presentarse como una de las mejores representantes deportivas de Estados Unidos ante el mundo.

Pero reducir esta historia a los cuatro Mundiales volvería a confundir el resultado con su origen.

La importancia del fútbol femenino estadounidense no se encuentra solamente en las jugadoras que llegaron a la selección ni en quienes convirtieron sus goles y sus celebraciones en imágenes reconocibles en todo el país.

También está en todas las que jugaron sin convertirse en profesionales, en quienes encontraron un equipo en su instituto o una oportunidad en la universidad y en las generaciones que crecieron entendiendo que un campo de fútbol también podía pertenecerles.

Eso es lo que diferencia a Estados Unidos de la mayoría de los países recorridos en esta serie.

En otras entregas hay que apartar durante un momento a la selección masculina para descubrir que las mujeres también existen, también compiten y también tienen una historia.

En Estados Unidos sucede al revés.

La selección femenina no necesita ser descubierta. Lo que suele quedar oculto es todo lo que había debajo de sus títulos: una ley educativa, miles de centros escolares, universidades que formaron equipos y una cultura en la que ver jugar a una niña dejó de ser una excepción.

Estados Unidos no dominó el fútbol femenino únicamente porque encontró a las mejores jugadoras.

Las encontró porque antes había construido millones de lugares donde podían empezar.

Y fue allí, mucho antes de la primera estrella, donde el soccer superó al fútbol.

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Redacción · FemGol

Equipo Editorial

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