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LA OTRA SELECCIÓN

Japón también juega: las Nadeshiko ya esperan en Brasil

Mientras el Japón masculino se mide a Países Bajos, su selección femenina ya tiene resuelto lo que ellos persiguen: las Nadeshiko, único equipo absoluto de Asia que ha ganado un Mundial, llegarán a Brasil 2027 como campeonas continentales, con una generación repartida por Inglaterra y un cambio de banquillo recién ganado el título.

Las Nadeshiko celebran su regreso a lo más alto de Asia tras conquistar la Copa Asiática.
Las Nadeshiko celebran su regreso a lo más alto de Asia tras conquistar la Copa Asiática.Asociación de Fútbol de Japón (JFA) / Promocional

LA OTRA SELECCIÓN · JAPÓN

Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.


Hoy Japón juega contra Países Bajos. Lo hará en el Mundial masculino, en un partido de esos que invitan a hablar de ritmo, presión, técnica, orden y una idea de fútbol cada vez más reconocible. Japón ya no es una selección exótica en el mapa masculino. Es un rival incómodo, moderno, competitivo. Un equipo al que nadie sensato mira por encima del hombro.

Pero hay otra selección japonesa que no está buscando sitio. Ya lo tiene.

La selección femenina de Japón, las Nadeshiko, llegará al Mundial de Brasil 2027 como campeona de Asia. No necesita esperar a una repesca, ni a una carambola, ni a un último partido dramático. Selló su billete en marzo, en Australia, y lo hizo de la forma más rotunda posible: ganando la Copa Asiática.

Mientras el equipo masculino intenta avanzar en un torneo que Japón todavía no ha conquistado, la femenina carga con una historia distinta. Las Nadeshiko ya hicieron lo que ningún otro equipo asiático, masculino o femenino, ha conseguido en categoría absoluta: ganar un Mundial de la FIFA.

El país que ya tocó la cima

Japón fue campeona del mundo en 2011. Y conviene escribirlo sin rebajar el dato: no fue solo la primera selección femenina asiática en conseguirlo. Fue el primer equipo absoluto de Asia, masculino o femenino, en levantar una Copa del Mundo de la FIFA.

Ocurrió en Fráncfort, ante Estados Unidos, en una final que todavía se recuerda como una de las más emocionantes de la historia del fútbol femenino. Japón no era favorita. Estados Unidos tenía más tradición, más fuerza, más cartel y más presencia. Japón tenía otra cosa: paciencia, técnica, convicción y una forma muy propia de jugar al fútbol.

Las estadounidenses se adelantaron dos veces. Japón respondió dos veces. La segunda, en el minuto 117, con un gol de Homare Sawa que convirtió la final en algo más que un partido. Después llegaron los penaltis y la consagración definitiva. Sawa terminó el torneo como máxima goleadora y mejor jugadora. Saki Kumagai, entonces una futbolista jovencísima, marcó el penalti decisivo. Japón levantó la copa.

Aquel título tuvo además una dimensión emocional enorme. Llegó pocos meses después del terremoto y el tsunami de Tohoku, en un país todavía golpeado por la tragedia. La selección japonesa femenina se convirtió durante unas semanas en un símbolo de resistencia colectiva. No era solo fútbol, aunque también era fútbol. Era un equipo que jugaba de una manera distinta y que, justo por eso, había demostrado que podía ganar.

La flor que no era decorado

“Nadeshiko” es el nombre de una flor, pero en Japón también arrastra una carga cultural asociada a una idea tradicional de feminidad: delicadeza por fuera, fortaleza por dentro. Aplicado al fútbol, el término tiene algo de metáfora imperfecta, pero ayuda a entender la imagen que durante años acompañó a la selección japonesa.

Japón no imponía por físico. No asustaba por tamaño. No construía sus victorias desde el choque. Lo hacía desde la precisión. Desde el pase corto. Desde el movimiento coordinado. Desde la presión ordenada. Desde la futbolista que aparecía a la espalda de la rival antes de que la rival supiera que ese espacio existía.

Su fútbol era reconocible. Y eso, en una selección, no es poca cosa.

Después del Mundial de 2011 llegó la plata olímpica en Londres 2012. Después, otra final mundialista en 2015, también contra Estados Unidos, esta vez con derrota clara. Japón seguía arriba, pero la cima ya no era un descubrimiento. Era una carga. Como les ocurre a todos los equipos que ganan algo demasiado grande, desde entonces cada generación empezó a medirse contra una sombra.

No bastaba con competir. Había que parecerse a aquellas campeonas.

Volver sin pedir permiso

Durante un tiempo, Japón pareció quedarse en una zona extraña: demasiado grande para ser tratada como revelación, demasiado lejos del título para ocupar siempre la primera línea. Seguía produciendo futbolistas técnicas, seguía compitiendo en los grandes torneos, seguía siendo una selección difícil de enfrentar. Pero el relato internacional empezó a mirar hacia otros lugares.

Hasta que llegó el Mundial de 2023.

En Australia y Nueva Zelanda, las Nadeshiko firmaron una de las actuaciones más impactantes de la fase de grupos. El 4-0 a España no fue un accidente ni una goleada sin contexto. Fue una exhibición táctica. Japón tuvo menos balón que la futura campeona del mundo, pero entendió mejor el partido: esperó, robó, corrió y golpeó con una precisión que dejó a España sin respuestas.

Hinata Miyazawa terminó aquel Mundial como máxima goleadora con cinco tantos. Japón cayó en cuartos ante Suecia, pero dejó una sensación muy clara: aquello no era nostalgia. Había una nueva generación preparada para competir desde una idea reconocible, aunque adaptada a un fútbol mucho más físico, más rápido y más global.

Japón no estaba intentando volver a ser 2011. Estaba intentando ser otra cosa con la misma raíz.

El título que la puso rumbo a Brasil

La confirmación llegó en marzo de 2026, en Australia. La Copa Asiática funcionaba también como camino hacia el Mundial de Brasil 2027, y Japón no dejó demasiadas dudas.

Primero aseguró la clasificación mundialista con una goleada por 7-0 a Filipinas en cuartos de final. Después siguió avanzando hasta la final. Allí esperaba Australia, anfitriona, con el Stadium Australia empujando a favor de las Matildas y con la oportunidad de levantar un título continental ante su público.

Japón ganó 1-0.

El gol lo marcó Maika Hamano en el minuto 17, con un golpeo que valió un torneo. No fue una final cómoda. Australia apretó, acumuló llegadas y obligó a Japón a resistir más de lo que seguramente habría querido. Pero las campeonas también se reconocen en esos partidos: cuando no pueden jugar todo lo bien que saben, encuentran la manera de no caerse.

Fue el tercer título asiático de Japón, después de los conquistados en 2014 y 2018. Riko Ueki terminó como máxima goleadora del torneo, con seis tantos. Ayaka Yamashita fue elegida mejor portera. Y el equipo cerró la competición con una hoja de servicios imponente: seis victorias, 29 goles a favor y solo uno en contra.

Brasil 2027 ya estaba en el horizonte. Pero Japón no llegaba solo con billete. Llegaba con corona.

Una campeona que cambió de entrenador

Y entonces ocurrió algo extraño: el seleccionador que acababa de ganar la Copa Asiática salió del cargo.

Nils Nielsen, técnico danés y primer entrenador extranjero de la historia de las Nadeshiko, había sido contratado a finales de 2024. En menos de año y medio clasificó al equipo para el Mundial y ganó el torneo continental. Menos de dos semanas después de levantar la Copa Asiática, dejó de ser seleccionador.

La salida se explicó oficialmente por el final de su contrato, pero el mensaje deportivo posterior fue bastante claro. Japón quería otra energía. Otro tono competitivo. Más agresividad, más dureza, más vigor. Esas fueron las palabras que acompañaron la llegada definitiva de Michihisa Kano, primero ayudante de Nielsen, después interino y finalmente seleccionador permanente.

Kano hereda una situación incómoda y privilegiada a la vez. Incómoda, porque sustituye a un entrenador que acababa de ganar. Privilegiada, porque recibe una selección campeona de Asia, clasificada para el Mundial y con una generación que ya no necesita demasiadas explicaciones.

La pregunta no es si Japón puede competir. Eso ya lo sabemos. La pregunta es si puede volver a intimidar.

Una generación repartida por el mundo

La Japón actual no se entiende solo desde Japón. La creación de la WE League en 2021 ayudó a profesionalizar el ecosistema interno, pero buena parte de las futbolistas importantes de la selección ya compiten fuera del país. Especialmente en Inglaterra.

Yui Hasegawa, Ayaka Yamashita y Aoba Fujino forman parte del núcleo japonés del Manchester City. Hinata Miyazawa juega en el Manchester United. Riko Ueki compite en el West Ham. Fuka Nagano, Risa Shimizu, Maika Hamano, Toko Koga, Kiko Seike, Moeka Minami, Honoka Hayashi, Saki Kumagai y otras internacionales han ido poblando distintos clubes ingleses. El fútbol japonés ya no exporta casos aislados. Exporta una generación.

También hay un vínculo cercano para el público español: Chika Hirao, portera del Granada CF, ha formado parte de las últimas convocatorias de la selección japonesa. No es la figura mediática del equipo, pero sí una prueba de hasta qué punto el mapa de las Nadeshiko se ha abierto.

Esa internacionalización cambia muchas cosas. Japón conserva su base técnica, su inteligencia colectiva y su cultura de pase, pero ahora muchas de sus jugadoras conviven cada semana con duelos más físicos, calendarios más exigentes y contextos competitivos distintos. Ya no es solo una selección bien organizada. Es una selección bien organizada con futbolistas curtidas en ligas cada vez más duras.

Y eso la hace más peligrosa.

Hasegawa, el centro silencioso

Si hay una jugadora que ayuda a entender a esta Japón es Yui Hasegawa. No siempre aparece en los resúmenes. No siempre se lleva el titular. Pero muchas veces es quien decide qué tipo de partido se está jugando.

Hasegawa no necesita recorrer medio campo con la pelota para dominar. Le basta con girar en el momento justo, recibir donde otras no se atreven, limpiar una salida, atraer una presión o elegir el pase que acelera una jugada que parecía dormida. Es una centrocampista de esas que ordenan sin levantar la voz.

A su alrededor, Japón ha reunido piezas muy distintas. Miyazawa tiene llegada y amenaza desde segunda línea. Hamano tiene descaro, golpeo y una madurez competitiva que no siempre corresponde a su edad. Fujino aporta desequilibrio. Ueki da presencia arriba. Yamashita sostiene desde la portería. Kumagai conserva jerarquía, memoria y liderazgo: es el puente vivo con aquella generación campeona de 2011.

No es una selección de una sola estrella. Es algo más japonés, en el mejor sentido futbolístico: una estructura donde cada futbolista parece saber qué necesita la siguiente.

Japón no avisa gritando

El fútbol femenino internacional tiene focos muy claros. Estados Unidos, España, Inglaterra, Alemania, Francia, Suecia, Brasil. Son nombres que ocupan conversación incluso cuando no están jugando. Japón, en cambio, suele aparecer de otra manera. Menos ruido, menos cartel mediático, menos frase grandilocuente.

Pero cuando llega el torneo, está.

Estuvo en 2011 para cambiar la historia. Estuvo en 2015 para demostrar que aquello no había sido casualidad. Estuvo en 2023 para golear a la futura campeona del mundo. Y estará en Brasil 2027 como campeona de Asia, con una generación global, técnica y competitivamente madura.

Hoy las cámaras miran al Japón masculino contra Países Bajos. Es normal. Es el Mundial. Es un gran partido. Pero el fútbol de un país no cabe en noventa minutos ni en una sola selección.

Japón también juega en femenino.

Y esa selección ya sabe una cosa que los demás todavía están intentando resolver: su camino al Mundial ya está hecho.

Ahora empieza lo más difícil.

Volver a ser candidata sin tener que avisar.

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Redacción · FemGol

Equipo Editorial

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