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LA OTRA SELECCIÓN

Irán también juega: jugar, en su caso, ya es política

Mientras la selección masculina iraní entra en su Mundial ante Nueva Zelanda, su espejo femenino cuenta otra historia: la de un equipo que pierde 0-9 en el Asiático, que calla su himno en señal de protesta y cuyas jugadoras acaban pidiendo asilo. En Irán, para una futbolista, jugar y ser vista ya es un acto político.

La selección femenina de fútbol de Irán.
La selección femenina de fútbol de Irán.dianaravan / Flickr

LA OTRA SELECCIÓN · IRÁN

Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.


Hay selecciones femeninas que se explican por sus títulos. Otras, por sus estrellas. Irán se explica, antes que nada, por su existencia.

Hoy los hombres de Irán juegan su Mundial ante Nueva Zelanda, en el Grupo G. Llegan como una potencia reconocible de Asia, con una afición enorme y presencia habitual en los grandes torneos. Pero al mirar a su selección femenina el relato cambia por completo: no va de rankings ni de clasificaciones, sino de algo más básico. De jugar en un país donde el fútbol femenino nunca ha podido separarse del contexto social que lo rodea. De hecho, en Irán la pregunta no ha sido solo si las mujeres pueden jugar al fútbol, sino si podían siquiera entrar a un estadio a mirarlo.

Un equipo que parte de muy atrás

Sobre el césped, Irán es modesto. Ronda el puesto 68 del ranking FIFA y acaba de disputar apenas su segundo Campeonato Asiático —tras debutar en 2022— en la edición de 2026, celebrada en Australia. Le tocó un grupo durísimo, con la anfitriona, Corea del Sur y Filipinas, y el torneo confirmó la distancia: tres partidos, tres derrotas, ningún gol a favor y un global de 0-9 (0-3 ante Corea del Sur, 0-4 ante Australia y 0-2 ante Filipinas). Nunca ha jugado un Mundial.

No es por falta de jugadoras, sino por el punto de partida. Las iraníes compiten con hiyab y bajo el código de vestimenta obligatorio de la República Islámica, y han construido una selección con casi todo en contra. Mientras otras federaciones asiáticas levantaban ligas estables y proyectos hacia la profesionalización, Irán ha tenido que desarrollar su fútbol dentro de un marco mucho más restrictivo.

La final que perdieron antes de empezar

Si una vieja imagen resume las trabas, es la de junio de 2011. Irán debía jugar en Jordania la clasificación para los Juegos de Londres 2012. Las jugadoras saltaron al campo con su equipación completa y el velo que les cubría el pelo, pero el reglamento de la FIFA de entonces no permitía esa cobertura: el equipo perdió por 3-0 sin disputar el partido, eliminado de hecho de la cita olímpica. La FIFA acabaría autorizando el hiyab deportivo en 2014, pero una generación entera se quedó sin sus Juegos por lo que llevaba en la cabeza.

La “Chica Azul” y los estadios prohibidos

La parte más dura no es la de las que jugaban, sino la de las que querían mirar. Desde la Revolución de 1979, a las mujeres se les impidió durante cuatro décadas entrar a los estadios a ver fútbol masculino. No era una ley escrita, recuerda Human Rights Watch, pero se aplicó durante años con detenciones y abusos contra quienes lo intentaban.

En 2019, Sahar Khodayari, hincha del Esteghlal apodada la “Chica Azul” por los colores de su club, fue detenida por intentar colarse en un estadio disfrazada de hombre. Ante una posible condena de cárcel, se prendió fuego en las escaleras del juzgado y murió días después. Su muerte forzó a la FIFA a presionar, y aquel octubre de 2019, en el Irán-Camboya del estadio Azadi de Teherán, unas 3.500 mujeres pudieron entrar a ver a su selección por primera vez en unos cuarenta años. Irán ganó 14-0, pero el marcador era lo de menos: en la grada, segregada de los hombres, había una conquista que había costado una vida.

Una apertura que va y viene

Aquel día fue una tregua, no un punto final. El acceso de mujeres sigue siendo irregular y depende de quién manda en cada ciudad. Hubo un gesto enorme en diciembre de 2024, cuando unas 45.000 mujeres llenaron el estadio de Isfahán en un Sepahan-Persépolis disputado solo con público femenino; el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, lo celebró como un avance. Pero hasta ese episodio tuvo doble lectura: se organizó así como sanción a la afición masculina por cánticos machistas, y colectivos como Open Stadiums recordaron que el acceso seguía siendo limitado y excepcional.

El telón de fondo lo puso 2022, con la muerte de Mahsa Amini bajo custodia de la policía de la moral y la revuelta “Mujer, Vida, Libertad”. El fútbol no quedó al margen: en aquel Mundial masculino, los jugadores iraníes callaron su himno en el primer partido, en un gesto leído como apoyo a las protestas.

El himno, otra vez en silencio

Lo que casi nadie esperaba es que ese gesto lo repitieran ellas, y en directo ante el mundo. En el debut del Asiático 2026 ante Corea del Sur, las jugadoras iraníes permanecieron en silencio durante el himno de la República Islámica. No explicaron por qué —nunca lo han hecho—, pero la lectura fue inmediata. La televisión estatal iraní llegó a tacharlas de “traidoras”. Tres días después, ante Australia, sí cantaron.

Lo que vino después desbordó al deporte. Sectores del régimen tacharon a las jugadoras de “traidoras de guerra” —una acusación que en Irán puede castigarse con la muerte—, lo que disparó el temor por su seguridad. Al terminar el torneo, varias integrantes abandonaron la concentración en Australia y pidieron protección; el Gobierno australiano ofreció visados humanitarios (la prensa llegó a hablar de hasta siete personas, entre jugadoras y cuerpo técnico). El sindicato mundial de futbolistas, FIFPRO, reprochó a la AFC y a la FIFA haber hecho demasiado poco para protegerlas, pese a que el riesgo era previsible.

El episodio, además, se vivió a trompicones. Varias de ellas cambiaron de opinión y regresaron a Irán con el resto del equipo, entre ellas la propia capitana, Zahra Ghanbari, máxima goleadora histórica de la selección. Ya en casa, Ghanbari sufrió la congelación de sus bienes —después liberados— en medio de denuncias de amenazas a su entorno. Que la decisión más difícil sea quedarse o volver, y que volver tenga consecuencias, dice por sí solo en qué condiciones juegan.

No es, por tanto, solo una selección que pierde partidos. Es un equipo que compite mientras sus jugadoras cargan con preguntas que no deberían formar parte del deporte: qué pueden decir, qué deben callar y qué les puede costar volver a casa.

Y, aun así, hay talento

La prueba de que el problema no es de futbolistas está en la pista. En futsal, Irán es una potencia: bicampeón de Asia, en 2025 cayó en semifinales ante Japón, fue tercero tras ganar 3-1 a China y se clasificó para el primer Mundial femenino de futsal de la FIFA. Su estrella, Maral Torkaman, de 22 años, terminó como máxima goleadora del torneo continental con seis goles.

Ese contraste lo dice todo: a Irán no le faltan jugadoras, ni pasión, ni cultura de balón. Le falta, sobre todo en el fútbol once, un entorno que permita convertir esa base en una selección competitiva de forma sostenida. La pregunta no es si Irán puede tener un buen equipo femenino. Es qué pasaría si sus futbolistas tuvieran las mismas condiciones, la misma protección y la misma normalidad que cualquier otra.

Hoy las cámaras apuntan al Irán-Nueva Zelanda de los hombres. Es lógico, es el Mundial. Pero el fútbol de un país no cabe en noventa minutos ni en una sola selección. Y en el caso de Irán, la otra mitad de la historia no va de cómo juegan, sino de algo anterior: de que las dejen jugar, de que las dejen mirar y de poder hacerlo sin miedo.


Fuentes: Human Rights Watch · FIFA · Informaciones de CNN, NPR, Al Jazeera, Center for Human Rights in Iran, Open Stadiums, AFC, Tehran Times, Mehr News, IranWire, ESPN y Wikipedia.

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Redacción · FemGol

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