LA OTRA SELECCIÓN · IRAK
Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.
Irak ha vuelto al Mundial masculino 39 años después. Desde México 86 no lo lograba, y la clasificación —sellada en primavera— se celebró en las calles como un acontecimiento nacional. Los Leones de Mesopotamia comparten grupo con Francia, Senegal y Noruega, y por unos días el fútbol vuelve a ser, en Irak, una fiesta colectiva.
Al otro lado de esa misma camiseta hay otra selección que pelea por algo mucho más básico. No por ganar un Mundial, ni siquiera por clasificarse: por tener continuidad, partidos, ranking y una estructura desde la que crecer.
Su punto de partida fue casi brutal. El 19 de octubre de 2010, en la Copa Árabe femenina de Bahréin, Irak debutó perdiendo 20-0 ante Jordania. Dos días más tarde cayó 15-0 con Egipto y, en su tercer partido, 12-0 frente a Líbano. Aquellos marcadores, recogidos por la RSSSF, son la forma más dura —pero más honesta— de medir desde dónde arrancaba todo.
Durante años, Irak fue una selección más presente en los registros que en el calendario, sin grandes campañas ni un camino reconocible hacia la élite asiática. La explicación está en buena parte fuera del campo: distintos análisis sobre el deporte femenino en Irak describen un entorno difícil —marcado por décadas de conflicto y por corrientes sociales y religiosas conservadoras— en el que vestir de corto, salir en cámara o jugar lejos de la vista pública sigue siendo, para parte de la sociedad, un tabú.
Quizá por eso su primera alegría llegó bajo techo. El fútbol sala —menos expuesto y más fácil de organizar lejos del foco— funcionó como puerta de entrada del fútbol femenino iraquí; la propia FIFA ha señalado que durante años sirvió de vía de desarrollo para muchas jugadoras por razones logísticas y de infraestructura. Y fue ahí donde llegó el único gran título: en junio de 2022, Irak se proclamó campeón del WAFF femenino de futsal al ganar 4-2 a la anfitriona Arabia Saudí en Yeda, con varias goleadoras —Shokhan Salihi, autora de dos goles, Direen Mullabakar y Tbarek Al Ghazawi— procedentes del Kurdistán iraquí.
A partir de ahí, las señales empiezan a encadenarse. En julio de 2023, con apoyo del programa FIFA Forward, la federación iraquí organizó en Duhok un torneo de fútbol sala con 140 jugadoras de diez equipos, concebido como primer paso de una estrategia para tender puentes entre el futsal y el fútbol once. Un año después, en 2024, llegó un hito silencioso pero real: la FIFA incluyó a Irak por primera vez en su ranking mundial femenino, en el puesto 172. Hoy figura 166ª, todavía en la cola, pero ya en el mapa.
El siguiente paso fue medirse de verdad. En la fase de clasificación para la Copa Asiática femenina de 2026, Irak quedó encuadrada en el grupo B, disputado en Tailandia entre junio y julio de 2025, junto a India, Tailandia, Mongolia y Timor-Leste. Empató 0-0 con Timor-Leste y batió 5-2 a Mongolia —cuatro puntos que, para una selección con tan poco recorrido, sabían a mucho—, pero la distancia con la élite asomó enseguida: 0-5 ante India y 0-7 ante Tailandia la dejaron fuera. Meses después, en el Campeonato WAFF de noviembre-diciembre de 2025 en Yeda, firmó un tercer puesto que, para sus parámetros, también es un avance.
No hay que adornarlo. Irak no está cerca de Japón, Australia, China o Corea del Sur, ni tiene una historia larga sobre la que apoyarse. Pero ya no parte de cero. Del 20-0 de 2010 al ranking FIFA de 2024 hay catorce años y algo más que una mejora de marcador: hay una señal de permanencia. Mientras los Leones de Mesopotamia saltan al campo en Norteamérica con un país detrás, sus compatriotas siguen ganándose, partido a partido, el derecho a competir. Porque el fútbol de Irak no cabe en un solo equipo: también es el de las que todavía pelean por jugar.
