LA OTRA SELECCIÓN · NUEVA ZELANDA
Durante el Mundial masculino, FemGol recorre la historia de algunas de las selecciones femeninas de los países que saltan al campo. Porque el fútbol de un país no cabe en un solo equipo.
Nueva Zelanda llega a la última jornada del Mundial masculino con una sola salida: ganar.
El empate ante Irán permitió a los All Whites sumar su primer punto en este Mundial y convirtió a Elijah Just en el primer neozelandés que marcaba dos goles en un mismo partido de la Copa del Mundo. Después llegó la derrota por 3-1 ante Egipto, pese a haberse adelantado en el marcador. Ahora deben vencer a Bélgica para conservar alguna posibilidad de alcanzar por primera vez una eliminatoria mundialista.
Al otro lado del mismo helecho existe una selección que ya sabe lo que significa darle a Nueva Zelanda su primera victoria en un Mundial absoluto.
También sabe lo que es viajar sin que nadie espere nada de ella y regresar a casa con un título.
De hecho, eso fue lo primero que hizo.
Una invitación antes que una selección
En 1975, Nueva Zelanda recibió una invitación para disputar en Hong Kong la primera edición de un torneo internacional conocido como la Copa de Asia femenina.
Había un pequeño inconveniente: el país todavía no contaba con una asociación nacional capaz de aceptar formalmente la propuesta y organizar una selección.
El fútbol femenino había comenzado a reconstruirse apenas unos años antes. Existían competiciones regionales en Auckland, Wellington y Canterbury, después de décadas en las que las mujeres habían jugado partidos aislados, sufrido restricciones para utilizar los campos y desaparecido prácticamente de la estructura oficial.
La invitación obligó a acelerar la historia.
Las asociaciones del norte y de Christchurch constituyeron la New Zealand Women’s Football Association, con Wellington vinculada provisionalmente. Su creación permitió formar el primer equipo femenino representativo del país y enviarlo al torneo.
No fue una federación la que creó una selección y después buscó dónde hacerla jugar. Fue la posibilidad de jugar la que obligó a crear la estructura.
Se eligieron quince futbolistas de las tres regiones que contaban con ligas organizadas. Dave Farrington fue designado entrenador y Barbara Cox, capitana. Parte del dinero necesario para cubrir el viaje y el alojamiento tuvo que ser reunido por las propias integrantes del equipo.
Nueva Zelanda no acudía a Hong Kong para confirmar una tradición.
Acudía para averiguar qué clase de selección podía ser.
La respuesta llegó enseguida.
Cuatro partidos para ser campeonas
El primer encuentro internacional de la historia del equipo terminó con una victoria por 2-0 frente a Hong Kong. Marilyn Marshall marcó también el primer gol de una selección femenina neozelandesa.
Después llegó un 3-0 ante Malasia. En las semifinales esperaba Australia, el rival más cercano y el único capaz de representar algo parecido a una referencia.
Nueva Zelanda ganó por 3-2.
El 2 de septiembre de 1975 se enfrentó a Tailandia en la final.
Ganó 3-1.
La selección que había sido creada para poder aceptar una invitación terminó su primer torneo como campeona. Marshall anotó seis goles y fue la máxima realizadora de la competición. Sus cuatro primeros partidos internacionales habían terminado con cuatro victorias.
La vuelta de honor no fue exactamente una celebración.
La derrota inesperada de Tailandia había enfurecido a algunos apostantes locales. Desde las gradas arrojaron basura contra las campeonas y, cuando el autobús abandonó el estadio, recibió piedras y botellas. Una futbolista resultó herida de carácter leve.
Las primeras internacionales neozelandesas habían tenido que reunir dinero para llegar a Hong Kong. Salieron del estadio protegiéndose de quienes no habían contemplado que pudieran ganar.
Volvieron a casa con la copa.
El título había demostrado que podían competir. No garantizaba que siempre fueran a tener la oportunidad de hacerlo.
Existir no garantizaba competir
El título de 1975 no convirtió el camino posterior en una línea recta.
Nueva Zelanda conquistó en 1983 la primera Copa de Oceanía femenina, superando a Australia en la final. Durante aquella década participó también en los torneos mundiales por invitación celebrados en Taiwán, precursores de la futura Copa del Mundo, y en 1987 consiguió su única victoria frente a Estados Unidos.
En 1991 estuvo en China para disputar el primer Mundial femenino oficial. No superó la fase de grupos y después se quedó fuera de las tres ediciones siguientes.
Pero el episodio que mejor explica la fragilidad de lo construido ocurrió en 2004.
La federación neozelandesa decidió no inscribir a sus selecciones femeninas ni en el torneo clasificatorio para los Juegos Olímpicos ni en la fase de acceso al Mundial sub-19.
Al mismo tiempo, sí respaldó la campaña olímpica masculina.
La New Zealand Women’s Football Association presentó una queja ante la Comisión de Derechos Humanos. Como consecuencia del conflicto, New Zealand Soccer recuperó el comité asesor femenino que había disuelto tres años antes.
Casi treinta años después de que quince mujeres pagaran parte de su viaje para representar al país, el problema volvía a ser el mismo: no se discutía si eran suficientemente buenas, sino si merecía la pena permitirles competir.
La igualdad escrita y la realidad
La situación comenzó a cambiar con mayor claridad en el siglo XXI.
La marcha de Australia a la Confederación Asiática facilitó el dominio neozelandés en Oceanía. Las Football Ferns regresaron al Mundial en 2007 y no han faltado desde entonces.
También encadenaron participaciones olímpicas y alcanzaron los cuartos de final en Londres 2012, después de conseguir ante Camerún su primera victoria en unos Juegos.
En 2018, New Zealand Football anunció un convenio colectivo que equiparaba las condiciones de sus selecciones absolutas masculina y femenina.
El acuerdo incluía paridad en las remuneraciones, los premios y los derechos comerciales y de imagen, además de igualdad en las condiciones de los desplazamientos internacionales.
Fue un avance importante.
No una solución definitiva.
Ese mismo año, doce internacionales presentaron quejas sobre el comportamiento del seleccionador Andreas Heraf. Una investigación independiente concluyó que había incumplido el código de conducta de la federación y las directrices nacionales contra el acoso laboral.
Heraf y el director ejecutivo Andy Martin terminaron dimitiendo y la federación pidió disculpas a las jugadoras.
La igualdad podía escribirse en un contrato.
Todavía debía aprenderse dentro de una concentración.
La noche en la que ganó Nueva Zelanda
El 20 de julio de 2023, las Football Ferns salieron al césped de Eden Park para inaugurar el Mundial que Nueva Zelanda organizaba junto a Australia.
Enfrente estaba Noruega, campeona del mundo en 1995 y situada catorce puestos por encima de las anfitrionas en el ranking.
Nueva Zelanda había participado en cinco Mundiales, disputado quince partidos y no había ganado ninguno.
En el minuto 48, Jacqui Hand llegó por la derecha y envió el balón hacia el área. Hannah Wilkinson apareció para rematarlo.
El resto fue resistencia.
Cuando terminó el partido, el marcador mostraba un 1-0 y las gradas de Eden Park contenían a 42.137 personas. Era entonces la mayor asistencia registrada en un encuentro de fútbol, masculino o femenino, disputado en Nueva Zelanda.
También era algo más.
Ninguna selección absoluta neozelandesa —ni masculina ni femenina— había ganado hasta entonces un partido de una fase final mundialista.
Las primeras en hacerlo fueron ellas.
La victoria parecía abrir la puerta que la selección llevaba décadas buscando. Sin embargo, las Football Ferns perdieron por 1-0 ante Filipinas y empataron sin goles frente a Suiza.
Terminaron terceras de grupo y quedaron eliminadas.
Nueva Zelanda había organizado un Mundial, batido récords de asistencia y conseguido el mejor triunfo de su historia.
Seguía sin haber disputado una eliminatoria.
El billete ya está reservado
La siguiente oportunidad llegará en Brasil.
Las Football Ferns lograron en abril de 2026 su clasificación para el Mundial de 2027. Dominaron la fase oceánica con 25 goles a favor y ninguno en contra, aunque necesitaron un gol de cabeza de Katie Kitching en la segunda mitad para derrotar por 1-0 a Papúa Nueva Guinea en la final.
Será su séptima presencia mundialista y la sexta consecutiva.
El equipo está dirigido desde 2025 por Michael Mayne, el primer seleccionador nacido en Nueva Zelanda que ocupa el cargo en más de veinte años.
Mayne conoce la estructura desde dentro. Fue asistente de las Football Ferns durante el Mundial de 2023 y los Juegos de París y formó parte de los cuerpos técnicos de las selecciones inferiores, incluido el que consiguió el bronce en el Mundial sub-17 de 2018, el mejor resultado de un equipo neozelandés en un torneo global de la FIFA.
El desafío consiste ahora en trasladar su dominio de Oceanía a escenarios mucho más exigentes.
Nueva Zelanda ocupa el puesto 33 del ranking mundial. Después de marcar 25 goles sin recibir ninguno durante la clasificación, sus primeros partidos ante selecciones de otras confederaciones terminaron con una derrota por 2-1 frente a Haití y un empate sin goles ante Marruecos.
Dentro de su región sigue siendo la selección a batir.
Fuera de ella todavía debe demostrar que puede competir con regularidad, no únicamente producir una noche inolvidable.
La próxima frontera
Entre Hong Kong y Brasil habrán pasado más de cincuenta años.
Para que las primeras internacionales neozelandesas pudieran competir, hubo que crear una asociación. Después, ellas mismas reunieron parte del dinero y recorrieron miles de kilómetros para jugar el primer torneo de su historia.
Las actuales ya tienen garantizada su plaza en el mayor campeonato del mundo.
Entre unas y otras hubo títulos, desapariciones, exclusiones, protestas, contratos de igualdad y una victoria que ningún equipo absoluto de Nueva Zelanda había conseguido antes.
No necesitan demostrar que pueden ganar.
Lo hicieron en su primer torneo.
Lo hicieron ante Australia cuando casi nadie sabía que existían. Lo hicieron ante Noruega cuando todo un país las estaba mirando.
La frontera pendiente es otra: volver a ganar cuando el triunfo ya no sea una excepción y utilizarlo, por fin, para seguir adelante.
Nueva Zelanda nació campeona.
Ahora quiere dejar de despedirse en la fase de grupos.